El Conde Negro

Si damos una vuelta por Sevilla, al llegar al barrio de San roque nos encontramos con la calle Conde Negro, situada entre la Puerta Osario y San Roque y entre la calle Recaredo y el Muro de los Navarros.

Es una de las muchas calles de Sevilla que en origen estaban fuera de las murallas, aunque ahora queda dentro del recinto circundado por la Ronda. Por detrás de la Capilla de la Hermandad de los Negritos.

Es una calle algo abandonada y sucia con edificios no muy bonitos, habitados por los descendientes de algunos de los personajes de los que habla Cervantes en sus obras transcurridas en la Sevilla capital del comercio de indias.

El nombre ya aparece en el siglo XVII al menos y figura en el plano de Olavide. Sin embargo, no era una calle tan larga como hoy sino una calleja sin salida desde Guadalupe a San Primitivo nada más. Fue alargada en el siglo XIX, pero el nombre sigue en la actualidad.

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El nombre de esta calle tambien da nombre a la leyenda que os traemos hoy y trata de un singular personaje que tuvo en ella su residencia a fines del siglo XV.

Existían en los reinos de la península, gran número de negros y mulatos, vestigios de los grupos invasores llegados con los almorávides y que, tras la Reconquista del sur de España, habían venido a convertirse en esclavos.

Unos descendientes de los que, desde el Senegal, incorporados a las tropas de los Bani-Marín o Benimerines, habían ensangrentado las comarcas del Ándalus occidental.

Otros, que procedían de las familias negras traídas como sirvientes por los primitivos invasores árabes de las oleadas del 740 y del 711.

Otros, en fin, comprados por los grandes señores andaluces que viajaban en peregrinación a La Meca, en los mercados del Medio Oriente, niños negritos que se acostumbraban a traer como recuerdo para ofrecerlos a las damas en calidad de pajes.

Sangre de guerreros vencidos o sangre de esclavos sumisos, los negros que pervivían en España en los finales del siglo XIV componían un censo numeroso, acaso el diezmo de la población, ya que toda casa, tanto de gente principal como de artesanos burgueses o labradores, se tenía en menos si no disponía entre su servidumbre blanca, de algún esclavo negro, testimonio permanente del bienestar y holgura económica del dueño.

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El número de negros esclavos en Sevilla sería probablemente superior al de otras muchas ciudades, por la proximidad de África que permitía renovar con frecuencia los esclavos, los cuales se vendían en el mercado público cada vez que arribaba a nuestro puerto del Guadalquivir alguna galera real que hubiera tenido la fortuna de apresar en aguas del Estrecho de Gibraltar, alguna embarcación berberisca, cuyos remeros, generalmente negros, pasaban de servir al sultán de Marruecos, a ser propiedad del capitán de la galera castellana.

El trabajo del esclavo negro sevillano era de diferente signo. La mayoría se dedicaban al servicio doméstico y a tareas propias de los criados. Había porteros, amas de cría, fundidores, curtidores, olleros, albañiles…

Estos esclavos tenían una suerte bien miserable. Cuando ya por su edad o su desgaste no estaban en condiciones de seguir rindiendo trabajo en las faenas agrícolas, en el acarreo de aguas para usos domésticos, en la construcción de edificios, o en el simple azacanear con el fardo al hombro tras su amo mercader recibían generalmente la libertad o manumisión.

Libertad bien irrisoria, puesto que solamente les servía para encontrarse desamparados, pues que su dueño al otorgársela, quedaba libre de la obligación de mantenerlos. Con esto se encontraban en las calles, acurrucados en los quicios de las puertas, o sentados en las gradas del pórtico de cada iglesia, docenas de negros famélicos, ancianos, o enfermos o tullidos, esperando una caridad de pan si alguien se la daba, o que les cerrasen los ojos si allí les sorprendía la muerte.

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Para remediar a esta masa desvalida de las pobres gentes de color, el arzobispo piadosísimo, caritativo y al mismo tiempo enérgico, don Gonzalo de Mena, decidió fundar un hospital.

Decimos que piadosísimo por la intención que le animaba de salvar aquellas almas amenazadas de perderse en la desesperación a que les inclinaba su indigencia.

Decimos que caritativo, por el remedio que se proponía dar a las necesidades y lacerías de aquellos cuerpos pecadores.

Y decimos que enérgico porque don Gonzalo de Mena fue el prelado que con pulso y brío supo regir la archidiócesis de Sevilla, atreviéndose a pleitear cuando fue preciso contra los poderosos de la familia de los Rivera, el imponer la paz y la concordia cuando las rivalidades y las banderías entre los Ponces y los Guzmanes ensangrentaron Andalucía, como en Verona había ocurrido entre los Capuletos y los Montescos.

No fue fácil a don Gonzalo de Mena allegar los medios necesarios para la fundación de su hospital, pero firme en su propósito caritativo, consiguió al fin hacia el año 1399 edificarlo, según se cree, al lado del entonces existente convento de San Agustín.

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El hospital estuvo puesto bajo distintas advocaciones de la Virgen, como Nuestra Señora de la Estrella, Nuestra Señora de los Reyes y Virgen de Gracia, con el fin de que los negros no acudieran solamente al tal cuando estaban enfermos a pedir que les socorriesen, sino que en salud fueran también a recibir enseñanzas de la doctrina cristiana y a practicar los Sacramentos, instituyó también don Gonzalo de Mena la fundación de una Hermandad o Cofradía que celebró sus cultos en la capilla del mismo hospital.

Y se dio tan políticas y pastorales trazas el buen prelado para conseguir su objeto, convenciendo a los amos para que dieran permiso a sus esclavos para asistir a las Misas y actos de Cofradía, y para inculcar en éstos el deseo de frecuentar la capilla donde se sentían, al menos unas horas sin otro dueño que Dios Padre, que pudo asegurarse que pertenecían a la Hermandad, todos los negros de la ciudad de Sevilla.

Esta Hermandad de los Negritos, durante el siglo siguiente recibió ricas mandas testamentarias de algunos devotos, siendo quizás el principal el que el año 1463 y por testamento otorgado el 21 de enero, dejaba a la Cofradía don Juan de Guzmán, duque de Medina Sidonia.

El haberse reunido los negros para esta finalidad religiosa implicó, tal vez como lo previera el prudentísimo don Gonzalo de Mena, una importante mejora en la condición social en que se encontraban, pues ya ningún amo se atrevía a maltratar a su esclavo negro injustamente por temor a que la Hermandad, que contaba con el apoyo de la Iglesia y de algunos principales señores, le pidiese cuentas de su injusticia.

De este modo, gracias a la existencia de la Cofradía se suavizó notablemente la aspereza en que hasta entonces habían vivido los pobres esclavos. No se molestaba aquí en Sevilla a los negros como era común en otras poblaciones castellanas; al contrario, se les trataba con mucha benignidad y estaban bien mirados y cuidados.

sirvientes

Solían casi siempre los negros corresponder a los favores y mercedes que les dispensaban sus señores y las autoridades mostrándose humildes y poco molestos.

En la celebración del Corpus, algunas mujeres de color tocaban y bailaban, pagadas por el propio Cabildo de la ciudad. Están documentados al menos 21 grupos de danzas de esta naturaleza en la capital sevillana desde mediados del siglo XVI hasta mediados del XVII, con los significativos nombres de Los Negros, Los Negros de Guinea, La cachumba de los negros, Los Reyes Negros, etc.

Ya a finales del siglo XV obtiene incluso cierta consideración política, puesto que los Reyes Católicos conceden a la Comunidad negra el derecho de administrar justicia en las rencillas y disputas que entre ellos se suscitaran, mediante la creación de un «mayoral» o juez de los negros que era él mismo negro también.

Y este mayoral tenía además el cargo público de representar a los negros ante las autoridades de la ciudad, de tal suerte, que podía entablar con fuerza legal, querella contra los dueños que hiciesen mal uso de sus esclavos.

Esta figura era una especie de juez de los asuntos internos de los negros y mulatos de la ciudad, ya fueran esclavos o libres, y también como intermediario legal entre los esclavos y sus amos o la Justicia.

Como se cuenta, en Sevilla estaban censados más de 7.000 sirvientes negros esclavos o libertos, el mayor número de negros de todas las ciudades europeas de la época. Otro rasgo más de la Sevilla portuaria y cosmopolita. Y así lo testimonian muchos cuadros de la epoca.

Uno de estos mayorales fue el famoso Juan de Valladolid, negro que había sido portero de cámara de la Corte de Isabel la Católica, y que, erigido en representante de los negros, ejerció su cargo con tal dignidad, y consiguió de la reina tal apoyo, que mereció con justicia que se le considerase, se le respetase y aún se le temiese tanto como a cualquiera de los aristócratas de la Corte llamándosele el Conde Negro.

Fue un hombre de templado carácter, de edad madura, y con mucha fama de cabal entre los suyos, había seguido a la Corte en gloriosas jornadas dando repetidas muestras de lealtad a la corona y pruebas de valor y singular tacto.

No resultaron exageradas por los hechos las palabras que en su cédula dedicaban los Reyes Católicos a Juan de Valladolid, pues éste, obrando con singular astucia, y ajustándose a la más puntual justicia, desempeñó su cargo con toda satisfacción y demostrando palpablemente las buenas dotes que poseía.

Pocas son las noticias biográficas que del Conde Negro se han conservado hasta nuestros días, ignorándose con exactitud la fecha de su muerte, que se supone ocurrió en los comienzos del siglo XVI, sin que tampoco se sepa el lugar donde recibió sepultura, y otras circunstancias particulares que de seguro ofrecerían gran interés ahora.

Cuenta la leyenda que la casa donde vivió Juan de Valladolid era entonces de gran amplitud y buen aspecto, la cual conservó largos años en cierto hueco de su fachada una cabeza de barro que se tenía por auténtico retrato del famoso Mayoral de los negros.

En este edificio tenía el citado Conde negro su tribunal, ante el que concurrían a diario multitud de negros y negras a ventilar sus cuestiones y a resolver sus disputas, las cuales era oídas con gran calma y flema por Juan de Valladolid, quien, representando con toda gravedad su importante papel, después de escuchadas ambas partes, solía dirigir una larga arenga a los que litigaban, condenando luego allí mismo a aquellos que lo merecían.

Varias anécdotas se conocen del Mayoral y juez de los negros, así como algunos actos de justicia por él practicados, que corren todavía en boca de las gentes de la ciudad, las cuales suelen atribuirlos a otros personajes que nada tiene que ver con el nuestro.

Presidía éste todos los domingos los festejos que sus gobernados celebraban en las afueras de la puerta de Carmona, y para ello se colocaba en un estrado, desde el cual daba las órdenes oportunas y que creía más convenientes para el buen orden de los bailes, de los coros, de las máscaras o de la diversión que se estuviera celebrando.

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Célebre fue Juan de Valladolid y célebre es también la calle donde tuvo su residencia, en la cual, como dijimos al principio, se han refugiado los descendientes de aquellos originales tipos que tanto renombre dieron en otros siglos a la Macarena, a la Costanilla y a la Morería.

La historia de los esclavos negros de Sevilla contiene lecciones para el presente. La más importante de todas ellas es la necesidad de respetar la igualdad. Nadie debería ser discriminado por pertenecer a una raza o etnia determinada, y mucho menos ser esclavizado o explotado por ello.

Fuentes: https://www.descubreleyendas.eshttp://josemaria.demena.es

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