El misterio de la muerte de Bécquer y la Cruz Blanca

El misterio de la muerte de Bécquer y la Cruz Blanca

 

Es poco conocido que en Sevilla, en el Parque del Alamillo, existe una cruz de piedra blanca de mármol de Macael en recuerdo al poeta Gustavo Adolfo Bécquer. El motivo de esa cruz, en primer lugar, parte del hecho de que él mismo nos narrara en sus cartas publicadas en El Contemporáneo lo que le gustaba acercarse al Guadalquivir a contemplar el monasterio de San Jerónimo. Le gustaba echar rienda suelta a su imaginación mientras observaba el majestuoso campanario de los jerónimos. Precisamente la leyenda de La Venta de los Gatos tiene este comienzo:

 

“En Sevilla, y en mitad del camino que se dirige al convento de San Jerónimo desde la puerta de la Macarena, hay, entre otros ventorrillos célebres, uno (…)”.

 

Nos da señas de la dirección de la venta, que aún hoy día existe aunque tengamos que imaginar su forma original dado su estado de deterioro y nos cuenta esta costumbre suya de pasear por la orilla del Guadalquivir también en otras citas dentro del mismo relato. En otro momento de la leyenda, nos narra que se marcha a Madrid, dato biográfico bien conocido y que a su vuelta a Sevilla acude de nuevo al mismo sitio, a ese camino paralelo al río al que le gustaba acudir con frecuencia.

 

“La orilla del río ha sido en Sevilla siempre el lugar predilecto de mis excursiones”, decía.

 

Y nos preguntamos qué hay detrás de que a Bécquer le gustase ir a ese lugar, y por qué lo echaba tanto de menos cuanto tuvo que marcharse de Sevilla. Lo más llamativo es que en esa leyenda, de las pocas que él sitúa en su ciudad natal, nos deja entrever un trasfondo muy escalofriante: la construcción del Cementerio de San Fernando a poca distancia del monasterio de San Jerónimo y de la Venta de los Gatos.

 

La cuestión no deja de ser un misterio: en primer lugar, Bécquer siente atracción por esta zona del río y lo que rodea al monasterio. Más tarde, la zona le resulta lúgubre porque donde esperaba encontrar los cantes y jaranas de la Venta de los Gatos, nos cuenta que encuentra enterradores, carros que portan ataúdes y comitivas de gentes que acompañan llorando a sus familiares fallecidos.

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La historia no pasaría de ahí, de esa fabulosa leyenda en el sentido pleno de la palabra, con una triste historia de amor y de esa anécdota de encontrar el cementerio donde antes había huertas y familias humildes que vivían alegremente de ellas. El cementerio de San Fernando abrió sus puertas oficialmente el día 1 de enero de 1853, cuando se produjo el primer enterramiento. En 1854 Bécquer ya vivía en Madrid. Seguramente adornara el hecho de que se encontrara por sorpresa el cementerio. Podemos sospechar que ya lo sabía cuando regresa a Sevilla, puesto que vivía en la ciudad mientras estaba en construcción. Sin embargo, hay otra cuestión más allá, más increíble o al menos misteriosa y es que no podemos evitar estremecernos al leer en Cartas desde mi celda lo siguiente:

“Desde muy niño concebí, y todavía conservo, una instintiva aversión a los campos santos de las grandes poblaciones: aquellas tapias encaladas y llenas de huecos, como la estantería de una tienda de géneros ultramarinos,(…)”.

 

Deducimos de sus propias palabras que el cementerio de San Fernando le disgustaba. Ese punto de vista macabro, tradicionalmente romántico, podría ser el que llevara a Bécquer a contemplar aquel camposanto en construcción durante sus paseos a San Jerónimo.

La muerte le llegó al poeta siendo este muy joven, solo con treinta y cuatro años. Ese 22 de diciembre de 1870 en su Sevilla natal, se producía un misterioso eclipse total de sol. Es un misterio también la causa de su muerte, algunos hablan de tuberculosis y otros de enfermedad venérea. Diez años atrás, el día que Gustavo Adolfo llegó a la sierra del Moncayo, el 18 de Julio, se produjo otro eclipse solar. Otro misterio que coincidiría con el de Sevilla. Además, ese mismo día de su llegada, igualmente misterio o casualidad, una bruja de la zona fue asesinada: la Tía Casca, cuya leyenda contó también en sus cartas a El Contemporáneo.

 

Como colofón a todos los misterios que rodearon su muerte, en la misma carta que citamos antes, nos dice que le ha dado muchas vueltas a dónde descansarían sus restos cuando muriese. Dice que el alma espera que vaya al cielo, pero el cuerpo le preocupa. Desde niño piensa mucho en ello y se lo pregunta una y otra vez e imagina lo que harán con su cuerpo. Y dice así:

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“En Sevilla, y en la margen del Guadalquivir que conduce al convento de San Jerónimo, hay, cerca del agua, una especie de remanso que fertiliza un valle en miniatura, formado por el corte natural de la ribera, que en aquel lugar es bien alta, y forma un rápido declive. Dos o tres álamos blancos, corpulentos y frondosos, entretejiendo sus copas, defienden aquel sitio de los rayos del sol, que rara vez logra deslizarse entre las ramas, cuyas hojas producen un ruido manso y agradable cuando el viento las agita y las hace parecer, ya plateadas, ya verdes, según del lado que las empuja. Un sauce baña sus raíces en la corriente del río, hacia el que se inclina como agobiado de un peso invisible, y a su alrededor crecen multitud de juncos y de esos lirios amarillos y grandes que nacen espontáneos al borde de los arroyos y las fuentes”.

Y sigue de esta forma:

 

“¡Cuántos días, absorto en la contemplación de mis sueños de niño, fui a sentarme en su ribera, y allí, donde los álamos me protegían con su sombra, daba rienda suelta a mis pensamientos y forjaba una de esas historias imposibles, en las que hasta el esqueleto de la muerte se vestía a mis ojos con galas fascinadoras y espléndidas! (…) soñaba que la ciudad que me vio nacer se enorgulleciese con mi nombre, añadiéndolo al brillante catálogo de sus ilustres hijos, y cuando la muerte pusiese un término a mi existencia, me colocasen, para dormir el sueño de oro de la inmortalidad, a la orilla del Betis, al que yo habría cantado en odas magníficas, y en aquel mismo punto adonde iba tantas veces a oír el suave murmullo de sus ondas. Una piedra blanca con una cruz y mi nombre serían todo el monumento”.

 

Como digo es poco conocida en Sevilla la cruz blanca colocada en la orilla del río en recuerdo al poeta. Con motivo del centenario de la llegada de los restos de los hermanos Bécquer a Sevilla en 1913, a petición de la asociación “Con los Bécquer en Sevilla”, pudo cumplirse el deseo becqueriano de su carta tercera de Cartas desde mi celda. No descansan sus restos allí donde está la cruz porque precisamente están en el Pabellón de sevillanos ilustres, lugar merecido y que costaría sus años y los esfuerzos de otros personajes ilustres sevillanos que lucharon porque los hermanos Bécquer, tanto el poeta como el pintor Valeriano, fueran trasladados a Sevilla y enterrados en este pabellón de la iglesia de la Anunciación. El acontecimiento fue notorio, afortunadamente tenemos fotos de aquel día y de cómo los sevillanos entendieron la importancia de aquello ocupando las calles y siguiendo en multitud al féretro como si de un funeral se tratase.

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Como él mismo dijo que soñara tantas veces, la ciudad que le vio nacer se enorgulleció de su nombre y lo añadió al catálogo de sus sevillanos ilustres. Por fin reposaba Bécquer en su ciudad y descansaban para siempre los restos de su cuerpo, aquello que tantas veces le había atormentado desde niño. Y una cruz blanca, cien años después de su traslado a Sevilla, tal y como él imaginó en su carta, con su nombre, fue colocada en el mismo lugar a donde iba tantas veces en su juventud. Todo lo que rodea a la muerte del poeta se nos sigue mostrando con un halo de misterio.

Referencias:

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