Leyenda del Misterio de las Tres Caídas de la Esperanza de Triana

En ocasiones las más hermosas historias espectrales, al más puro estilo de Gustavo Adolfo Bécquer, tienen que ver directamente con el fervor y la tradición, con la Sevilla más popular y la más populista, con la Sevilla que derrama lágrimas de cera allá cuando la primavera hace acto de presencia.

Lo que narramos es un hecho verídico, como pueden atestiguar aquellos que fueron testigos y partícipes de la experiencia que contaba el en El Correo de Andalucía Jose Manuel García Bautista.

Fue el compañero Miguel Roda, en los estudios de Radio Betis, quién le hizo partícipe de lo que sucedió en una madrugá con la Esperanza de Triana.

Sucedió hace ya varios años, a algunos aún se le saltan las lágrimas cuando escuchan esta historia, en Triana, la noche más hermosa; Madrugá del Viernes Santo. La calle Ancha Pureza, como cada año, estalla de júbilo en apretada multitud, recibiendo el paso de misterio del Smo. Cristo de las Tres Caídas.

En plena apoteosis de devoción, la gente va tomando posiciones. Al salir la Esperanza de Triana, detrás del paso, entre la muchedumbre que lo rodea, se le pegó a uno de los zancos un niño de edad incierta y aspecto montañesino; pelo ensortijado, moreno de facciones perfiladas y rubor natural en las mejillas.

Caminaba solo, marcando los pasos del tambor y las alpargatas costaleras y pronto se situó a la altura del zanco trasero derecho.

Comenzó a disfrutar del delirio, la plena conjunción de banda y cuadrilla; el izquierdo por delante, los solos interminables de Emmanuel y Rocío, la gracia y la anarquía del andar más genuino de Triana.

El niño estaba absorbido por la emoción del ambiente, se hacía notar e intimidó al patero, con la primera pregunta:

– ¿Pesa mucho el paso?

– Esto que va a pesaá mi arma, (respuesta inmediata).

Cruzó el puente, relente y mareadilla del puerto camaronero, permaneció en su sitio, inmune, nada podía afectarle puesto que sus manos tocaron la madera forrada del zanco y se aferraron a ella como a un clavo ardiendo. En la pausa en que los costaleros tomaron su refresco en Reyes Católicos, repararon en él; Le preguntaron que si venía sólo; se preocuparon por buscar algún pariente del crío; le recomendaron que tuviera cuidado con la bulla, insistieron en protegerlo y arroparlo casi pegado a los faldones.

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Supieron que su nombre era Jesús y como costaleros de Triana generosamente, le hicieron una serie de dedicatorias al niño que vino acompañándolos desde la salida. En la Magdalena, pararon el paso a la altura de la entrada principal de la Parroquia, el niño se adelantó hasta el capataz; lo miró fijamente con sus ojos radiantes de asombro y le dijo:

– ¿Puedo llamar? –le preguntó en inocente tono.

Paco Ceballos, el capataz de este paso por ese entonces, quedó deslumbrado por ese brillo en la mirada que se confundía con el dorado espléndido del canasto.

Lo miró fijamente y no pudo por menos que dedicarle la mejor de sus sonrisas a la par que acarició tiernamente su pelo.

El niño lo entendió, marchó a su sitio en la trasera del paso, donde los costaleros ya comenzaban a echarlo de menos:

– ¿Dónde está Jesús, ha encontrado a sus padres…?¡Jesús, vente pa ca –miarma- que vamos a entra en Campana y allí se forma mucha bulla!

El niño se hizo un hueco en la trasera, su peso y estatura se lo permitieron. Iba a vivir todo el esplendor de la llegada oficial a Sevilla; Jesús, casi no respiraba, bajo la oscuridad sonora de los faldones, sintió el estado febril de un costalero más, el sudor helado de la máxima concentración y responsabilidad, el entusiasta anhelo de rayar la perfección del trabajo bien hecho en Triana.

Se confundían en sus oídos, los aplausos y los solos de la blanca infantería marinera; los olés del público, las arengas y consignas de la gente de abajo.

El trueno de la unánime ovación con que despide la Campana al paso cuando emboca Sierpes y los zancos se posaron nuevamente en el suelo, después de una nueva chicotá de ensueño.

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Jesús despertó de su letargo emocional, levantó los faldones, respiró el aire fresco de la anchura de los Palcos, pero continuó absorto, pegado a la pata que ya lo consideraba su ahijado. Ya iba por la Avenida, para hacer la cumbre de la Estación de Penitencia bajo el silencio gótico de la Catedral.

Comenzaba a amanecer, Jesús no había visto nunca en la calle, un crepúsculo igual que el de las luces de la aurora en el Triunfo. Olor a calentitos en el postigo, color de la mañana para abrir el estómago.

– ¡Jesús, esto no ha hecho más que empezar!¡ Esta chicotá va por ti mi arma!

Le gritaron los costaleros…

Todos lo celebraron con unanimidad. El esplendor lució en el baratillo, en la calle Pastor y Landero… el niño iba cogido de la mano del patero, marcando el compás con sus menudos pies. El sol lo recibió en el puente y brilló el lucero como Estrella de la mañana en San Jacinto.

El niño aguantó la muchedumbre en Santa Ana, protegido por todos, ya formaba parte de la cuadrilla, todos tomaron debida nota de él, desde el hombre de la caña hasta el de la escalera, pasando por contraguías, diputados y auxiliares.

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El capataz y sus auxiliares comenzaron a inquietarse por aquel niño que, sin descanso, seguía allí, y Paco (Ceballos) pensó en dirigirse al niño para ver si podía ayudarlo en algo…

Fue hacia aquel zanco y le dijo: ‘Hola, ¿va tu padre debajo?’ y aquel niño de forma amable, casi risueña, le dijo: ‘No, mi papa murió’.

Al capataz se le hizo un nudo en el alma y cuando el paso enfiló de nuevo la calle Pureza, Paco Ceballo, reclamó su presencia, lo llevó de su mano hasta el frontal, tocó el llamador con enjundia y se hizo el silencio:

– Niñooo, esta levantá vá por el niño Jesús…que ha salío con nosotro y vá entrá con nuestro Cristo, aquí a mi vera…lo quiero vé volá…¡oído?, que él toca el martillo.. tos poriguá, valiente…al cielo Triana…a esta é!

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En plena efervescencia de emociones, entre abrazos y besos plagados de lágrimas en los ojos, cuando todo acabó y el paso reposaba en el lugar que ocupa dentro de la Capilla, alguien confundido aún por los parabienes, gritó su nombre:

– ¡Jesús!… ¿dónde está el niño?… ¿alguien ha visto a Jesús? la cuadrilla entera salió a su encuentro…pero ni rastro de Jesús.

Había desaparecido en una calle acordonada por las vallas burdeos del Ayuntamiento de Sevilla y sin que nadie lo viera, simplemente se había desvanecido… Apareció igual que desapareció…

Desde entonces se le conoce como el niño fantasma y, sin dudas, pasa a engrosar la enorme lista de fenómenos imposibles en torno a nuestra particular Semana Santa.

Una representación de la cuadrilla del Stmo. Cristo de las Tres Caídas, acudió al programa “El Llamador”, para dar cuenta de esta historia y aprovechar los micrófonos para recabar información.

Gloria a la fe inquebrantable de un niño que guarda la memoria de su padre allá donde esté y venga del mundo que venga…

 

Fuentes: https://elcorreoweb.eshttps://www.facebook.com/1413534745526651

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