Leyenda del Horno de Las Brujas

Tras haberla contado en nuestro programa de radio, hoy traemos esta leyenda que demuestra que a veces la realidad supera la ficción.

La caza de brujas fue un fenómeno que se extendió por toda Europa, por lo que se incrementaron los juicios por brujería alrededor de todo el continente.

Sevilla fue una de las ciudades donde esta tendencia recaló y para conocer este fascinante momento en la historia de la ciudad vamos a descubrirlo.

La calle del horno de las brujas, estaba en lo que actualmente es la Cuesta del bacalao, c/Argote de Molina).  Antiguamente una de las calles más irregulares de la población, en la que existieron, entre algunos buenos edificios, varias casuchas que servían de guarida a gente de fama nada envidiable y de costumbres no muy dignas de imitarse.

Cuenta la tradición que, en una de estas casuchas, la más sucia y abandonada de todas, habitaba a fines del siglo XV cierta anciana a quien tenía el vulgo por mujer sobrenatural y extraordinaria, con sus puntos y ribetes de hechicería.

La vieja era de miserable aspecto y de horrible catadura, muy dada a la confección de filtros y brebajes, echadora de cartas, adivina de lo porvenir y muy amiga de todas las hembras de su calaña, con quienes solía reunirse por las noches, entregándose a ceremonias misteriosas que daban mucho que hablar a los vecinos del barrio.

Tenía la bruja un hijo, sabe Dios de quién, mocetón zafio y descreído, espadachín y pendenciero, que le ayudaba en sus ridículas faenas, y el cual promovía con frecuencia grandes escándalos, siempre trasnochaba hasta al amanecer acompañado de mujerzuelas y gente de la hería, entre quienes pasaba una vida ociosa y degradada.

Sucedió una noche que llegando solo por casualidad y embriagado a su casucha, halló la puerta tan cerrada que por más golpes que dio en ella no consiguió que le abriesen, pues la madre y las demás brujas que con ella estaban entonces en un sótano, embebidas con sus prácticas de hechicería, ni oyeron los gritos y juramentos del mocetón.

Aburrido éste, y no pudiendo apenas tenerse en pie, efecto de la bebida, a falta de otro lugar más a propósito donde pasar el resto de la noche, que era fría y desagradable, se metió en un gran horno que en el muro exterior había, y que por la mañana solía encender la vieja para que fuesen a cocer el pan los vecinos, y por el que le pagaban.

Una vez allí, se encontró tan a gusto que se quedó tan dormido, que después de salir el sol continuaba roncando sobre los ladrillos como si fuera una cama de blandas plumas.

Llegada la hora en que la horrible bruja solía encender el fuego, cuando estaba aventando los secos troncos, oyó gritos pidiendo socorro, y al conocer por la voz que quien los daba no era otro sino su propio hijo, desesperada de no poder salvarle, y después de inútiles esfuerzos, cayó al suelo de rodillas, con las manos cruzadas y rezando a toda prisa cuantas oraciones le vinieron a la memoria.

Acudieron algunas personas al lugar del suceso, sin que ninguna pudiera contener las llamas, que rápidamente habían adquirido las mayores proporciones, haciendo ver a los que quisieron verlo que aquello no era otra cosa que un providencial castigo a las impiedades del hijo y a las hechicerías de la madre.

He aquí que cuando más apurada era la situación, cuando nadie podía acercarse al horno por la intensidad del fuego, que amenazaba destruir el edificio, acertó a pasar la calle un fraile de la orden de San Francisco, llamado Fr. Diego de Alcalá, varón muy respetado del vulgo y a quien se le atribuían algunos milagros.

Comprendió que aquella desgracia podía arreglarse, y compadecido de los lamentos de la vieja y de los gritos del joven, corrió con premura a rezar un par de Salves a la Virgen de la Antigua, y al llegar a la Catedral, se apagaron las llamas instantáneamente, saliendo en seguida el muchacho del horno sin la más leve quemadura.

Ante el milagro, la anciana abandonó sus brebajes, sus filtros y brujerías, haciéndose ferviente devota de Dios, y el mozo tomó la buena senda, llegando a ser con el tiempo prior de un convento de franciscanos en Granada.

Esta es la historia que dio origen a que la calle que tiene hoy el nombre ilustre de Argote de Molina se llamase durante muchísimos años calle del Horno de las brujas; si bien no me es desconocido el origen que otros autores le atribuyen con buenas pruebas, asegurando que allí vivieron dos hermanas que tenían un horno donde fabricaban tortas al estilo del pueblo de Brujas.

Algunos autores llegan a ubicar a estas brujas hasta bajo el Instituto Británico. Otros en la calle Don Remondo donde cerca aparecieron unos misteriosos subterráneos donde los antiguos situaban las ‘escuelas de magia diabólica de los moros’. Se tardó siglos en averiguar que no eran sino restos de unas termas romanas.

La leyenda urbana describe el subsuelo de Sevilla como una laberíntica trama de pasadizos secretos y galerías ocultas que recorren la ciudad en todas direcciones, como ya publicamos en nuestro articulo Túneles y Pasadizos ocultos.

Túneles para trasladar el oro traído de América desde el río hasta un lugar seguro, corredores subterráneos que salvan toda clase de obstáculos, incluido el Guadalquivir, para comunicar castillos o fortalezas militares; minas horadadas por avaros judíos con el fin de ocultar en ellas sus ricos tesoros y, por supuesto, misteriosas estancias soterradas que servían de escondrijo y guarida a brujas, demonios y seres del más allá.

Hay leyendas sobre túneles que llegan hasta San Juan de Aznalfarache, de comunicaciones subterráneas que, partiendo de la Giralda, se dirigen hacia todas las iglesias de la ciudad. Raro es el palacio o el templo en el que no se refiere la existencia de algún misterioso pasadizo secreto.

Todas las culturas que se instalaron en Sevilla habrían realizado su contribución a esa misteriosa red de comunicaciones subterránea. Desde los romanos, los árabes y los cristianos medievales hasta cierto potentado contemporáneo que ha comunicado discretamente varias de sus propiedades a través de unos pasillos abiertos bajo la piel de la ciudad.

De todos los subterráneos de los que habla la leyenda, el único del que se ha comprobado su existencia y ha podido ser objeto de un estudio más o menos detenido, fue el que se halló en el siglo XVI bajo una casa de la calle Abades y que el vulgo conoció durante siglos como el Horno de las brujas, pues un erudito como Gonzalo Argote de Molina aseguraba que allí estuvieron las ‘escuelas de magia diabólica que tuvieron los moros’.

Bernard y Elena Wishaw, dos ingleses que vivían en la cercana calle Ángeles, donde poseían una interesante colección arqueológica, sostenían que se trataba de un templo tartésico dedicado al sol. Y ya José Gestoso apunta la tesis definitiva de que se trataba de unas termas romanas, cosa que han corroborado las investigaciones más modernas.

Hay, no obstante, noticias, indicios y datos de que nuestro patrimonio subcutáneo no se queda ahí. En la calle Bustos Tavera, por ejemplo, se han encontrado tramas subterráneas de origen y destino desconocido. Vecinos antiguos aseguran haberlas recorrido, comprobando que llevaban, cuando menos, desde el ex convento de la Paz hasta el monasterio de Santa Paula.

 

Fuentes: https://www.descubreleyendas.es/https://elpaisajecotidiano.blogspot.com/

 

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