Puertas y Murallas

Conocer la Historia de tu tierra, de su gente, de sus tradiciones y cultura es de las más apasionantes e ilustrativas actividades intelectuales que uno pueda realizar. Sevilla, la Hispalis romana e Isbylia árabe, la ciudad esplendorosa del Renacimiento y Barroco, la romántica Sevilla, es todo un compendio de arte y cultura. Profundizar en sus esencias es sumergirse en un fascinante mundo de ensueño, de música y poesía.

Mas bucear en las aguas de la memoria histórica de la “ciudad de la gracia” a través de sus monumentos desgraciadamente perdidos es todo un placer cognoscitivo, un recreo imaginario por la ciudad del ayer.
Las antiguas Murallas y Puertas de Sevilla es uno de los apasionantes temas que permite cumplir con todo lo anteriormente expresado.
El presente estudio no tiene otro objetivo que el de difundir y dar a conocer a los interesados, reuniendo en un corpus sistemático, la información que sobre la materia hay publicado parcialmente, para que así puedan tener un más y mejor aprecio por nuestra cultura hispalense
Las principales obras impresas manejadas para la debida documentación del objeto de estudio son:
ÁLVAREZ-BENAVIDES, Alfonso: Curiosidades Sevillanas, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, Sevilla, 2005
GESTOSO Y PÉREZ, José: Sevilla Monumental y Artística, Publicación del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Sevilla, Sevilla, 1984, tres tomos, 2ª ed.
Quiero resaltar, por justicia, reconocimiento y gratitud, cuanta información al respecto he obtenido de los artículos de don Julio Domínguez Arjona, del cual inserto textualmente algunos de los mismos, por parecerme bellas piezas literarias llenas del más castizo sabor popular y sevillanía expresiva. Expresar igualmente mi reconocimiento y admiración a don Francisco Santiago, gran conocedor y divulgador de las esencias y genuinas tradiciones de la Muy Noble, Muy Leal, Muy Heroica, Invicta y Mariana Ciudad de Sevilla.
Sin más preámbulo os invito a conocer y viajar por la Sevilla intramuros en la que vivieron nuestros antepasados hasta 1868, época en que por mor del así entendido progreso y “modernidad” la ciudad rompió el bello e histórico cinturón que la salvaguardaba.

Debido a su situación geográfica y a la navegabilidad del Río Guadalquivir, Sevilla estuvo fortificada por murallas desde los tiempos de los cartagineses, por entonces realizada en madera y barro. Esta cerca de la ciudad de Sevilla sufriría una serie de avatares, consecuencia del ensanche de la misma y su crecimiento poblacional, y de la presión de los supuestos invasores.
En tiempos de Julio César, aproximadamente entre los años 68 y 65 aC, cuando era cuestor de la provincia, se construyeron estas murallas y sus torreones, reemplazando la antigua empalizada, “pero si bien no hay dato en contrario para negar al ilustre romano la gloria de haber sido su restaurador, consta por el dicho Aulo Hircio que Sevilla en este tiempo estaba ya circuida de murallas (De bello hispaniense, cap. IV), las cuales serían de sólida y hermosa fábrica por cuanto el mismo César no se decidió a vengarse de las ofensas de los lusitanos por temor de que éstos incendiaran la ciudad y destruyesen sus muros”(GESTOSO Y PÉREZ, J.: Sevilla Monumental y Artística T.I, pág.15). Durante el imperio de Augusto fueron ampliadas y perfeccionadas debido al crecimiento de la ciudad.
Pero dando por hecho lo anteriormente expuesto, no cabe la menor duda que estas murallas sufrieron grandes reformas y reconstrucciones en época musulmana y posteriores.
En el año 844 Abd-al-Rahman II, según el historiador árabe Ibn-al-Cutya,  reconstruye las murallas destruidas por el ataque de los Normandos.
En la época de Abd-al-Rahman III, en el año 913, se derriba parte de las murallas, dado el clima de paz existente y el crecimiento de la ciudad, según refiere Ben-Adhari.
En 1023 el rey Abud-Qasim-Musammad ben Abbad ordenó reconstruir las murallas de Sevilla (Isbylia), como medio de protección ante el inexorable avance de las tropas cristianas, tras una complicada etapa en la que se habían sucedido el Califato de Córdoba, los Reinos de Taifas y el Imperio Almorávide.
A finales del siglo XI y comienzos del XII los almorávides construyen las nuevas murallas, después de las campañas de guerra contra los Reyes Alfonso VI “el batallador” (1105) y Alfonso VII (1132). Destaca en este proceso el qadí almoraví Abú Bakr, quien decidió construir nuevas murallas de forma ovalada con entrantes y salientes en la zona que bordea los ríos, y con un eje norte-sur, con una longitud de unos 7.180 m, realizada con muros de tapial, dejando en su interior el mayor recinto amurallado de la época, unas 273 Ha, que no se colmató hasta el siglo XIX, lo que da idea de su magnitud.
En 1150 se construye la muralla de la Alcazaba con sillares de piedra.
En 1168 se reconstruye la muralla por el lado del río.
En 1171 se construye el puente de barcas que une Triana y Sevilla.
Las graves inundaciones de 1201 derriban parte de las murallas existentes entre las puertas de Triana y el Almuédano.
Las murallas construidas son de la misma tipología que el resto de las cercas construidas en la denominación musulman
a por los almorávides, almohades y nazaríes en Granada (ejemplos de la Alhambra, Albaycín …). Las fábricas son de tapial empleándose para su confección el terreno que aparece a pie de obra al que se le agrega cal, y el agua necesaria para que el conjunto adquiera la humedad adecuada para su compactación. Las unidades constructivas consisten en cajones de encofrado que tienen longitud de 2,50 m, una altura de 80-85 cm y un espesor variable, que en algunos casos llega a ser de hasta 2,50 m, equivalentes a 6 codos comunes (estudio de la Casa de la Moneda del profesor Cabeza Méndez y García Tapial).
Estas murallas se dotaban de torres de planta rectangular o cuadrada, como unidad constructiva más adecuada a la forma rectilínea de la cerca de tapial, en las construidas en el siglo XI. Las ejecutadas en el S. XII cambian de tipología pasando a planta octogonal.

Ciento sesenta torres como ésta se intercalaban entre las murallas bajo ellas el antemuro y el foso

Torre de planta cuadrada

Torre del Homenaje

Torre de la Plata
Por tanto, los árabes añadieron más a la defensa de la ciudad ensanchándola, y fortalecieron ese ensanche amurallándolo bajo el dominio del sultán Alí Ibn Yusuf, quien amplió el espacio protegido por la cerca en casi dos veces su antigua superficie. Los almorávides, que eran conscientes del avance conseguido sobre los reinos cristianos del norte de España, se dedicaron a reforzar sus defensas.
En 1221-22 se construye la Torre del Oro, el antemuro, el foso circular que la rodea, se restauran y refuerzan las murallas existentes, lo que no impidió que en 1248 la ciudad cayera en manos de las tropas cristianas de Fernando III de Castilla, el rey Santo. Desde el siglo XIII en que Sevilla fue conquistada por San Fernando (1248), ya no tenía esta función defensiva, aunque siguió ocupando un papel importante en la defensa frente al gran enemigo histórico de Sevilla: el río Guadalquivir y sus avenidas. Diecisiete inundaciones se registraron en Sevilla durante el XVI, más una veintena que afectaron parcialmente al recinto de la ciudad. Por ello se conservaron hasta el siglo XIX. Fuera de las murallas, las aguas embarraban y arrasaban los cultivos y sembrados, arruinando las cosechas y cortando las comunicaciones durante semanas. En ocasiones, la violencia de la inundación era tal que se llegaba a romper el puente de barcas, aislando a Sevilla de Triana y de su entorno. El puerto fluvial, vital para la economía de la ciudad, sufrió siempre la fuerza de las avenidas, interrumpiendo el funcionamiento de la aduana, dañando las mercancías y los almacenes que las aguardaban, anegando los barcos. A veces, las inundaciones del Guadalquivir se veían incrementadas con las aguas del Tagarete, el otro cauce que bordeaba la ciudad por el este y sur.
Por otra parte, la muralla actuaba en las ciudades europeas como cordón sanitario que las aislaba del exterior enfermo en tiempos de epidemia. Sevilla no era una excepción. En cuanto se tenía noticia de la aparición de un brote contagioso, se colo
caban guardas en las puertas para vigilar que la gente que entrara no procediera de lugares infectados. Una vez que se tomaba la decisión de prevenirse del contagio, la ciudad se cerraba.
Después de la conquista cristiana las murallas siguieron defendiendo la ciudad,  hasta que en 1861 se decidió la demolición de una de las murallas más largas de Europa.
Unas murallas que protegerían las  trescientas hectáreas de lo que hoy conocemos como la Sevilla intramuros que, según Rodrigo Caro (Antigüedades de Sevilla Lib. I, fol.20) su perímetro fue el de 8750 varas castellanas, o sea 7314 metros, con 166 torreones, situados a cuarenta metros uno de otro, donde predominaba la forma cuadrada, 12 puertas y 3 postigos. Quizás como excepción a la forma cuadrada predominante cabe citar las torres paladinas, más que defensivas, de  Abb-al-Aziz , sita en la calle Santo Tomás esquina con la Avenida de la Constitución, de forma hexagonal, Torre de la Plata octogonal y la del Oro, avanzada de defensa al río, que es dodecágona.
En la construcción de las torres se emplea la técnica de tapial en los muros, las esquinas se refuerzan con sillares de piedra, y los huecos que se abren, se decoran con hiladas de ladrillos macizos tomados con mortero de cal.

Torre del Oro

La Torre Blanca

Estas torres generalmente se situaban en zonas estratégicas o en zonas próximas a un cauce de agua. En los casos en que la torre quedaba aislada se levantaba un lienzo de muralla con lo que quedaba insertada en la cerca general; a este lienzo de muralla se le denomina coracha. En la muralla de Sevilla se construye una coracha que va desde el Alcázar hasta el río, en cuyo recorrido se conservan aún cinco torres: dos en la antigua cilla del Cabildo (calle Santo Tomás), de planta cuadrada; la Torre del Homenaje  o de Abb-al-Aziz (Avda. de la Constitución) de planta hexagonal; la Torre de la Plata de planta octogonal (calle Santander), y en el extremo de esta coracha la Torre del Oro de planta dodecagonal. En la actualidad esta última se encuentra aislada al derribarse en el año 1821 la muralla que la unía a la Torre de la Plata.
La Torre del Oro forma parte de la reedificación almohade de las murallas de Sevilla. Su misión era impedir el paso por la ribera izquierda del Guadalquivir y controlar la entrada de navíos en el puerto con el auxilio de un fortín en la otra orilla, desde el que se tendía una cadena que, al tensarla, bloqueaba el tráfico fluvial.
Se inició en 1220. Tiene planta dodecagonal y presenta dos cuerpos superpuestos, ya que la linterna del ático fue un añadido dieciochesco. Sobre su nombre circulan varias hipótesis. Ha sido relacionada con la custodia de los caudales americanos, al creer que los lingotes que desembarcaban los galeones, al regreso de la carrera de Indias, iban a parar a su interior en lugar de ser depositados en la vecina Casa de la Moneda. También se ha dicho que estuvo totalmente alicatada con cerámica de reflejo metálico, proyectando brillos dorados. Lo cierto es que un historiador local del siglo XVI, el bachiller Luis de Peraza, la describe enlucida de almagra en su base y revestida de azulejos la parte superior, “que de muy lejos con su resplandor los ojos ciegan”.

Dentro del lienzo de defensa que queda intacto entre la Puerta de la Macarena y la Puerta del Carbón  tenemos la Torre Blanca de una forma octogonal irregular. Esta magna obra se conservó casi en su totalidad hasta que en 1868, la revolución la derribó casi al completo.

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Fotos: Francisco Santiago

Relación de las puertas de acceso de la muralla

En estas épocas Sevilla fue una ciudad cerrada, tal vez la mejor amurallada de Europa. El acceso a la ciudad se realizaba principalmente por lo que se conocía como los postigos y las puertas, que tenían su acceso acodado, según se observa en la de Córdoba, y basándose en documentos, carecían de decoración a diferencia de las que se ven en el Magreb. Se distinguían en reales, o públicas, y privadas. Terminando el siglo XV, durante el imperio deCarlos I, las públicas o reales son modificadas haciéndolas coincidir en primer lugar con las principales calles, y después ensanchándolas para facilitar el tránsito de carruajes que ya era muy común en la época. Esta forma de edificar en unión a las construcciones extramurales, dan el patrón a seguir en los años posteriores para el crecimiento de la ciudad.
Las puertas jugaron un papel determinante en todos los sentidos, incluso en el sentimiento de guarda y clausura que durante la noche protegía la vida y la salud de los vecinos, pues consideradas como cosas santas, quebrantarlas estaba castigado hasta con la pena de muerte en las Partidas. Las puertas se abrían a la salida del sol y durante el día permanecían abiertas, pues muchos trabajaban fuera de la ciudad en los campos de labor inmediatos, en los molinos, las viñas y las huertas que abastecían Sevilla, como la del Rey o las próximas a la Macarena, en los barrios portuarios como Triana, en los conventos extramuros como los de la Trinidad, San Bernardo o San Jerónimo, en hospitales como el de la Sangre o el San Lázaro. El trasiego de viajeros por las puertas camineras de Carmona, Córdoba, Macarena, Jerez o Triana tuvo que ser incesante. Pero al atardecer los guardas cerraban la mayoría de las puertas.
“Todas estas puertas ostentaban hasta nuestros días multitud de inscripciones conmemorativas de sucesos notables y de los grandes reparos que en ellas se hicieron en el transcurso de los siglos, de las cuales apenas si queda alguna que otra conservada por acaso en nuestro Museo Arqueológico, hecho que demuestra el incalificable desdén de autoridades y corporaciones que han dejado perderse o consentido se destruyeran memorias tan interesantes para la historia de esta ciudad. Al diligentísimo y erudito escritor Sr. D. Félix González de León debemos los aficionados conocerlas hoy, pues reunió todas ellas en su interesante obra Noticia histórica del origen de los nombres de las calles de esta : N., M. L. y M. H. ciudad de Sevilla” (GESTOSO. Sevilla Monumental, pág. 16, nota (2))
Pese a lo anteriormente señalado por Rodrigo Caro, entre puertas y postigos, la ciudad llegó a contar en algún momento de su dilatada historia con diecinueve accesos. Pasemos a describir los rasgos más significativos de cada uno de ellos:

Puerta Macarena,  (vulgo Arco de la Macarena) es la situada más al norte de la población, frente a la Basílica de la Macarena. Los árabes la llamaron Puerta del Campo. Es la puerta mayor de todo el antiguo recinto murado.

Por esta Puerta penetró el año 1358 el infante D. Fadrique, cuando engañado vino a Sevilla para ser muerto traidoramente por mandato de su hermano el rey D. Pedro I de Castilla, al que sus parciales le llamaron “el Justiciero, y sus enemigos “el Cruel”. Con el objeto de celebrar su boda con la infanta Dª Isabel, hija de los reyes de Portugal, que había llegado a Sevilla el día anterior, el 10 de marzo de 1526 entró por ella el emperador D. Carlos I, siendo Asistente de la Ciudad D. Juan de Silva y Rivera, después de la solemne ceremonia de firmar el monarca ante sus cerradas hojas la protesta de reconocer y conservar los privilegios, exenciones, derechos, buenos usos y costumbres de la ciudad, acto imponente y que, hasta después de verificado, no se dio paso a la regia comitiva.
Cuando la epidemia de 1649 se estableció un cementerio cerca de esta Puerta, en el campo llamado del Hospital, y en ella tuvieron lugar las escenas más espantosas; baste decir que el barrio de San Gil quedó completamente desierto, que aún dos años después continuaba con todas sus casas desahitadas.

En 1723 fue reedificada, como también en 1795, según consta en dos lápidas que aparecen por su parte exterior al lado izquierdo; y otra situada en el lado derecho contiene una ordenanza con la fecha de 1630, previniendo a los guardas no ejerzan su ministerio en caminos ni punto alguno fuera del de la puerta.

En el año 1836 se hicieron en esta Puerta algunas obras defensivas que comenzaron el 29 de septiembre a consecuencia de que la división carlista al mando de su jefe Gómez invadió Andalucía. Dichas obras consistieron en un gran foso con parapeto y puente levadizo. También por esta Puerta entró el 17 de julio de 1854 el general Leopoldo O’Donnell.

Inmediato a esta Puerta y hacia el lado de levante aparece un elevado torreón que por su tamaño y forma se distingue de los que le continúan.
En la puerta podemos distinguir cinco lápidas embutidas en sus paredes y encima del arco un soberbio azulejo que representa a la Esperanza Macarena, obra del insigne Manuel Rodríguez y Pérez de Tudela bajo el lema : “Esperanza nuestra, Ella es morada de Dios y Puerta del Cielo”, flanqueados por los escudos de España, Sevilla y la Hermandad de la Macarena. Una de los cinco lápidas referidas está datada el 7 de Mayo de 1923, y en ella se puede leer que la Madre de Dios, en su advocación de la Esperanza “tomó posesión”&
nbsp;de dicho arco, siendo descubierta por S.A.R la serenísima Señora y Princesa Dª Mª Esperanza de Borbón y Orleans .

Puerta de Córdoba, está frente a la iglesia de los Capuchinos. Es la que conserva más claramente la disposición originaria y su carácter cerrado y militar. Afortunadamente esta torre-puerta de Córdoba, así llamada por ser su salida natural hacía dicha ciudad, se salvó de la penosa demolición llevadas a cabo a finales del siglo XIX, junto a sus hermanas la Puerta de la Macarena y el Postigo del Aceite, no corriendo la misma suerte las otras 13 restantes. Los motivos del indulto de las murallas macarenas y la puerta del mismo nombre y la de Córdoba se debió, según el cronista González de León, al buen estado de conservación.

 

Puerta del Sol, esta derruida puerta es la tercera en el orden que establecimos al comenzar la descripción de las mismas. localizada al final de la calle Sol, frente a la Trinidad. Como todas las anteriores originariamente almohade, un inmenso período de tiempo media desde su fundación, sin que aparezcan noticias de esta Puerta, hasta el año 1595, en cuya fecha, y siendo Asistente de la Ciudad D. Pedro Carrillo de Mendoza, sufrió una profunda remodelación, según una lápida que figuraba en su frente, hasta alcanzar el aspecto que en la maqueta vemos. En el siglo XVIII cayó en el más profundo de los abandonos, hasta su derribo progresivo en la segunda mitad del XIX. Inmediato a la Puerta del Sol existió un elevado torreón almenado de los más espaciosos del recinto. El origen de su nombre está a la vista: un enorme sol sobre el dintel de la Puerta como símbolo de su orientación a Levante.

Puerta Osario, en la plaza del mismo nombre como único resto de la existencia de la misma, ya que no existen ni los más ligeros vestigios de la existencia de la misma. Situada en la confluencia de Puñonrostro con la calle Osario. Daba su nombre a la existencia de un cercano cementerio extramuros. En su primitivo origen esta Puerta fue llamada de Aljar o de Vib-Alfar, nombre del maestro alarife que la edificó. En el año 1578, y siendo Asistente de la Ciudad el Conde de Barajas, fue renovada y subsanados multitud de desperfectos que en ella produjo la acción del tiempo.
Esta puerta presenta dos cosas realmente curiosas. Una de ellas es la existencia de una capilla, como ocurría en muchas de las puertas que ya hemos visto, dedicada a la Virgen del Rocío. La otra curiosidad es que fue, como todas, sometidas a varias obras, la última de ellas la llevó a una total remodelación que finalizó en 1849, dejándola formada por un arco de medio punto con dos tableros de resalte a cada lado, imposta y cornisa, y sobre ésta un frontispicio coronado con las armas de la ciudad esculpidas en piedra, bajo las cuales se colocó con letras en bronce la siguiente inscripción:

Reinando Doña Isabel II

Año de 1849

Veinte años después fue demolida totalmente.

Puerta de Carmona,  situada al final de la calle San Esteban, en su confluencia con la calle Navarros (el muro de los Navarros de toda la vida), si se asoma a un pequeño callejón tras una reja, entre una zapatería y una tienda de trajes de flamenca, se puede ver un lienzo de muralla de donde arrancaba la puerta. Tomó su nombre por alusión a que en ella empezaba el arrecife que partiendo de la ciudad conduce a la de Carmona y prosigue hasta Madrid.

Como la anterior puerta almohade, reconstruida totalmente en 1578, en que siendo Asistente de Sevilla el Conde de Barajas, se le dio una forma sencilla y elegante, colocando en su frontis las armas de los Duques de Alcalá, alcaides de las prisiones que existieron en el segundo cuerpo de esta Puerta.
Cuando la epidemia habida en esta capital en el año 1649, se organizó desde la iglesia del cercano convento de San Agustín una procesión de rogativas, la cual puesta en marcha con dirección a la ciudad, penetró por esta Puerta en la tarde del viernes 2 de julio del referido año, dirigiéndose a la catedral.
En el punto donde se apoyaba el estribo derecho de esta Puerta termina el acueducto conocido como Los Caños de Carmona. Fue derribada en 1868.

Postigo del Jabón, está en la mediación de la calle Tintes.

Puerta de la Carne, situada en el cruce de las calles Santa Maria la Blanca y la calle Cano Cueto. Tampoco queda de esta Puerta ni un solo vestigio que recuerde su memoria. Fue derribada en el año 1864.Recibió a través de su historia varios nombres y todos ellos muy hermosos. En tiempos de los árabes, y aún después de la conquista de Sevilla, tuvo el nombre de Vib-Ahoar, en memoria del maestro alarife que la construyó.

Después fue llamada como la puerta de las Perlas, la puerta de la Judería, por alusión a ser la puerta del campo de la grande Alhamia o barrio de los judíos y encontrarse inmediata a una de sus sinagogas, que se hallaba en el área que hoy ocupa la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves (vulgo Santa María la Blanca). Y el último, que es el que perduró, como Puerta de la Carne, por la existencia de un cercano matadero a las afueras de la ciudad.
El aspecto que aquí vemos corresponde a mediados del siglo XVI, hasta su destrucción. En ella había unos hermosos versos:
(Condidit Alcides, renovavit Julius urbem
Restituit Christo Ferdinandus tertius heros)
 

Hércules me construyó

Julio César la reparó

y el héroe Fernando III

la conquistó para Cristo.

En el año 1696 se le practicó una notable obra para remediar ciertos graves defectos que contenía. Estaba compuesta por un alto y robusto arco moldurado y de un frontispicio sencillo y severo. Bajo dicho arco, y por la parte interior, existía una tribuna con altar.

La Puerta de la Carne era de las que permanecía abierta toda la noche en virtud de su mucho tránsito.
Postigo del Alcázar, se encuentra en los Jardines de Murillo, dando entrada a los Reales Alcázares.

Puerta de San Fernando, se encontraba en la desembocadura de la recta y espaciosa calle del mismo nombre, a la altura de la antigua Fábrica de Tabacos, actual Universidad Central Hispalense. También conocida como puerta Nueva y no es para menos ya que fue construida a mediados del siglo XVIII, concretamente en 1760.
La Puerta que nos ocupa presentaba sus dos frentes desiguales en arquitectura, pues pertenecían al orden dórico por el exterior y jónico por el interior. En cada uno de aquellos aparecían cuatro columnas sobre pedestales, dos a cada lado del arco, el cual contaba de luz 4’18 m. y 7’52 de frente los elevados y sólidos torreones laterales.

Tuvo una breve vida, un siglo. En Cabildo de 9 de septiembre de 1864 se acordó demoler esta Puerta, pero habiendo surgido ciertas dificultades por parte del Sr. Administrador del Real Patrimonio que defendía la propiedad de este monumento, como perteneciente a la Casa Real, salvóse en aquellos días de sufrir la suerte reservada a todas sus compañeras, si bien la piqueta revolucionaria la convirtió en escombros después de subastarla, juntamente con la de Osario y Carmona en 1868.

Puerta de Jerez, situada al final de la Avenida de la Constitución, en dirección al río. Puert
a existente en la fortificación musulmana, que daba salida natural a la ciudad de Jerez de la Frontera, de ahí el origen de su nombre. Curiosamente desde la época almohade de su construcción, hasta el año 1836 era una puerta entre dos torres con un rastrillo, a saber una gigantesca reja que se podría bajar y subir dejando aislada y protegida a la ciudad. Justamente en esta puerta de torres y rastrillo, estaba colocada desde 1578 la lápida que aquí contemplamos, con este bello resumen histórico-poético de Sevilla:

HERCULES ME EDIFICO

JULIO CESAR ME CERCO

DE MUROS Y TORRES ALTAS

EL REY SANTO ME GANO

CON GARCI PEREZ DE VARGAS.

Pero llega 1836 derribándose las torres y el rastrillo, y a mediados del siglo XIX someten a la puerta a una remodelación, que cambia totalmente su fisonomía medieval, y es la que se puede observar en algunas fotografías de la época. En este cambio quitan el lienzo que aquí contemplamos. No deja de ser paradójico que se tomaran tanta molestias para que años más tarde concretamente el 24 de septiembre de 1864 se ordenase el derribo según la propuesta que realizase el Sr. Pagés del Corro en cabildo de 21 de julio del mismo año. La lápida que aquí vemos fue colocada, en los años setenta del siglo pasado (XX) en la esquina de la calle Maese Rodrigo y la Plaza de la Puerta Jerez y no, esa no era la situación exacta de la puerta, esta se encontraba bajando de la actual calle de San Gregorio y el edificio de la Equitativa, frente por frente a la entrada del hotel Alfonso XIII, por lo que la colocación del único resto que nos queda de la Puerta de Jerez, lo pusieron ligeramente descolocado aunque por lo menos nos quedan estos bellos versos, que hoy podemos leer con cierta dificultad, los mismos que leyeran otros sevillanos del siglo XVI.

En las novelas ejemplares de Don Miguel de Cervantes y Saavedra La Española Inglesa como en Cipión y Berganza (el coloquio de los perros) se cita en reiteradas ocasiones la Puerta de Jerez, y curiosamente en la zona no hay ningún azulejo de los que alguien llamó con guasa el “via crucis cervantino” y que están colocados por toda la ciudad tanto intramuros como extramuros.

Postigo del Carbón. La puerta o postigo del Carbón, que fuera un hueco en la muralla almohade estaba situada  en el encuentro de la actual calle Santander y Temprado, inmediato a la recién y afortunadamente rehabilitada torre de la Plata, se puede observar  restos de lienzos donde se apoyaba el postigo, en cuyo hueco tapiado hay un azulejo de la Virgen del Carmen, obra de Molina en 1925 y que goza de una gran devoción popular.
Constaba de un solo arco, cuyo estribo derecho estaba sostenido por la arista de uno de los muros pertenecientes a la casa que en lo antiguo se llamó de Azogues.
En el año 1566, y siendo Asistente de Sevilla D. Francisco de Castilla, fue reedificada. Su derribo fue llevado a cabo después del año 1868.

A través de los años recibió distintos nombres en distintas etapas históricas de Sevilla, así fue conocido, según lo que entraba por dicha abertura o por el postigo de los Azacanes (aguadores) por ser el punto donde concurrían los mozos de la Aduana Nacional así conocidos, postigo del Oro (oro), postigo de las Atarazanas (embarcaciones) por su proximidad al antiguo edificio del mismo nombre, y por último del Carbón,  que es el que ha prevalecido hasta nuestros días, por la circunstancia de haberse vendido en ella el aludido combustible, y toda su acera izquierda estaba compuesta por una línea de soportales sostenidos por medio de tornapuntas de madera, bajo los cuales se vendía el artículo que dio nombre a esta Puerta y a la calle donde se encontraba, hasta que fuera sustituido por el de Santander, como homenaje a la capital cántabra en su participación en la conquista de Sevilla de los marinos santanderinos que capitaneados por el almirante Ramón Bonifaz rompieron las conexiones del puente de barcas y cadena que había entre Sevilla y Triana, privando de los abastecimientos por vía fluvial, aumentado su cerco en el asedio y su próxima capitulación. Es por ello que en el escudo de Santander aparece la Torre del Oro y un velero rompiendo unas cadenas en el Guadalquivir en recuerdo de tan legendaria gesta

Restos de la antigua Puerta o Postigo

Azulejo de la Virgen del Carmen ubicado en el cegado hueco del Postigo del Carbón
Postigo del Aceite, junto al edificio de Correos, al final de la calle Almirantazgo y da paso desde la citada vía a las rotuladas Dos de Mayo y Arfe.Benvenuto Tortello realizó las reformas en 1572. Era conocido así por encontrarse inmediato a los antiguos almacenes donde se expendía el aludido artículo. En el siglo XVIII se abrió en su costado derecho una
pequeña capilla donde hay un retablo barroco con la imagen de la Pura y Limpia Concepción del barrio del Arenal, obra de Pedro Roldán.

Postigo del Aceite extramuros.

Azulejo del Baratillo a la derecha

Postigo del Aceite intramuros .

La capillita de la Pura y Limpia a la derecha


Julio Domínguez Arjona en su artículo al respecto expone:
“Posiblemente usted coge algún chaqueta azul o kofrade y le pregunta por el postigo del Aceite y es capaz de recitarle de memoria todas las cofradías que pasan por allí, pero si le pregunta por la puerta  de los Barcos, seguramente lo dejará fuera de juego.
Así era conocido el postigo del Aceite como la puerta de los Barcos a principios del siglo XII, ya que los almohades construyeron unas atarazanas para la construcción de navíos, junto al lado de aquel. Tanto las atarazanas, como el postigo sufrieron unas importantes reformas, las atarazanas en tiempos de Alfonso X el Sabio, en 1252 según reza en un azulejo de la calle Temprado, azulejo de primeros del siglo XX; y el postigo en 1573 como así consta en la soberbia lápida situada en la parte superior del postigo intramuros original de la época, donde se puede admirar uno de los más bellos escudos de nuestra ciudad, con San Fernando, San Isidoro y San Leandro; el cual, años después, bastantes años después incluiría el Sevilla F.C, en el suyo. Fue la entrada a la Alcazaba de San Miguel.

Lápida superior del Postigo que da fe de su última construcción en 1573

Retablo de la Hdad. del Baratillo con la desafortunada ubicación de la farola

Con posterioridad se le puso varios nombres como puerta de las Atarazanas, de los Azacanes incluso de las Aceitunas, pero el que se impuso fue el nombre con el que hoy la conocemos de Postigo del Aceite por tener su entrada  aceite a la zona próxima de mercados  y además porque queda muy bien en todos los “pogramas” de Semana Santa. ¿Ustedes se imaginan el Cristo de la Buena Muerte pasando por la puerta de los Azacanes o de la Aceituna?.

El arco del Postigo hay que observarlo extramuros o intramuros. Extramuros, según se mira desde la calle Dos de Mayo, a la derecha, hay un magnífico azulejo de la Piedad del Baratillo, obra de Alfonso Chaves de principios de los años cuarenta del pasado siglo (XX), donde además nos ofrece una estampa del ayer de nuestra Semana Santa ya que el Cristo que aparece en el azulejo fue el primero en procesionar de esta Hermandad, obra de Pizarro sustituido a mediados del siglo pasado (XX) por el actual de Ortega Bru.

Lápida de 1753 donde el Arzobispo Salcedo concedía indulgencia a quien rezara a la Pura y Limpia Concepción

Imagen de la Pura y Limpia Concepción

Cruzamos el arco, y observamos en las jambas (las gambas con “g” son al ajillo o a la plancha), unos rieles en piedra cuya finalidad era colocar unos tablones para combatir las frecuentes inundaciones del río. Siguiendo esa misma, ya en el postigo intramuros, a la izquierda, nos encontramos con la capillita de la Hermandad de la Pura y Limpia Concepción, que data de principios del siglo XVIII conocida popularmente como la Virgencita del Postigo o la Pura y Limpia, que como le ocurre a la capillita de la Virgen del Carmen del puente de Triana o al Cristo del Buen Viaje en San Esteban están en permanente exposición devocional, gracias a que a mediados del siglo XX se sustituyeron las puertas por la actual cancela acristalada. Y no se equivoque, esta pequeña Virgencita presidió en 1993 la Statio Orbi ante la que se arrodilló el Papa Juan Pablo II “. (Artículo de JULIO DOMÍNGUEZ ARJONA . 21 de Septiembre de 2000)

Puerta del Arenal, situada al final de la calle García de Vinuesa (Mar de toda la vida) y confluencia de las calles Arfe, Federico Sánchez Bedoya y Castelar. Esta puerta no se
cerraba por las noches. El nombre de esta Puerta aludía al extenso arenal que existió en el área que ocupa el populoso barrio de la Carretería, Plaza de toros y construcciones adyacentes. Originariamente almohade, era de grandes proporciones, de construcción sólida, sus adornos presentaban bastante originalidad y ostentaba en sus frentes varios bustos de piedra y algunos escudos de armas de bastante mérito artístico. En el año 1566, siendo Asistente de la Ciudad D. Francisco de Castilla, fue derribada y reedificada de nueva planta. En 1757 volvió a ser renovada. Para conmemorar esta última obra se colocó una lápida por el lado interior de esta puerta en la que se leía:

CURA RERUM PUBLICARUM

A honor y gloria de Dios se renovó el año 1757.

En 1854, para diez años después ser demolida totalmente, fue nuevamente restaurada.

“La Puerta que nos ocupa fue la entrada más frecuente de los individuos afiliados a la gran sociedad titulada La Garduña, cuya residencia era el barrio de Triana, cuando tuvo por gran “Maestre” al célebre Pedro Vencejo. Esta siniestra sociedad tenía ramificaciones en toda España; se hallaba perfectamente organizada y subordinada, y se componía de una numerosa falange de ladrones y asesinos que sembraban el terror lo mismo en el palacio del alto prócer, que en la humilde morada del jornalero. Había en ella “punteadores” o guapos; “floreadores” o rateros; “fuelles” o soplones; “chivatos” o novicios de la orden, y una multitud de otros “empleados”, que todos conspiraban contra la vida y los intereses de la humanidad. Contaba también con un gran número de mujeres, gitanas por lo general, que llamaban “serenas”, y cuyos servicios eran interesantísimos; y por último, esta gran asociación infundió el terror en Sevilla desde principios del siglo XV hasta el año 1821, en que logró extinguirla, siendo ahorcado su último gran “Maestre”, Francisco Cortina, en unión de quince o dieciséis de aquellos bandidos” (ÁLVAREZ-BENAVIDES, A.: Curiosidades Sevillanas,  pág. 136)

 “En 1861 dirigióse al Municipio una petición firmada por varios vecinos exponiendo que, por hallarse la del Arenal amenazando ruina y ser de pésima arquitectura, se dispusiera destruirla por estorbar el paso. La Excma. Corporación acordó pasase este asunto  a informe de la Academia de Bellas Artes, en el cual se dijo “que si bien la Puerta pertenece a una época de mal gusto, no era su deformidad tal que pueda decirse ofende al sentido común y se reclame por tanto su destrucción negando que amenazase ruina, pues se hallaba en toda su integridad”. No obstante este parecer, el Municipio facultó al Alcalde para que pidiese autorización al Gobierno con objeto de complacer a los vecinos; otorgado éste, comenzó su derribo a 3 de marzo de 1864, juntamente con un trozo de muralla de 223 metros cúbicos”· (GESTOSO. Sevilla monumental, pág. 18)


Puerta de Triana, era la puerta más notable y hermosa de cuantas comprendía el recinto murado de Sevilla. La primitiva Puerta de Triana no fue la misma derribada en el año 1869, aquélla estaba situada más al interior de la población, en la confluencias de las calles Gravina, San Pablo, Reyes Católicos y Zaragoza. Para perpetuar su memoria, el acerado actual de este enclave cambia de color en lo que era la planta de la Puerta, así como la anchura de la calle coincide con la que tenía el arco. La originaria puerta almohade presentaba la peculiaridad de ser la única puerta de Sevilla de tres arcos por lo que tomó el nombre de Trina, convirtiéndose después en el de Triana, en virtud de su directa comunicación con este barrio.

Fue derribada y edificada una nueva de estilo renacentista en 1588. Fue su proyecto y traza obra del notable arquitecto Juan de Herrera, su arquitectura pertenecía al orden dórico, se componía de un solo cuerpo y presentaba dos altas y elegantes fachadas de esmerado gusto artístico.

 Colocadas en sentido lateral de su gran arco de medio punto, aparecían cuatro hermosas y robustas columnas con fustes estriados apoyados en ambos pedestales, sosteniendo el todo una espaciosa cornisa sobre la que se destacaba un balcón corrido y espacioso, provisto de una puerta de paso en su frente que daba vista al campo.
El remate del monumento lo componía un ático triangular de varias estatuas y seis artísticas pirámides colocadas hábilmente en el centro y extremos. En la parte inferior de la cornisa perteneciente al balcón aparecía una lápida con la siguiente inscripción:
“Siendo poderosísimo rey de las Españas y de nuestras provincias por la parte del orbe Felipe II, el amplísimo regimiento de Sevilla juzgó deber, ser adornada esta puerta nueva de Triana, puesta en nuevo sitio, favoreciendo la obra y asistiendo a su perfección Don Juan Hurtado de Mendoza y Guzmán, Conde de Orgaz, superior vigilantísimo de la misma floreciente ciudad en el año de la salud cristiana de 1588”
En el espac
io o hueco intermedio entre ambas fachadas existía un amplio salón llamado “el Castillo”, donde estuvieron las celdas  que se destinaron a prisión  de reos políticos de importancia por su elevada alcurnia.
La de Triana, acaso la más importante, artísticamente considerada, fue presa de la vandálica ignorancia revolucionaria, no obstante el enérgico veto de la Real Academia de San Fernando, años antes, con motivo de haberse intentado demolerla, debiéndose a la Junta creada en esta ciudad en septiembre de 1868 el menguado acuerdo de convertirla en ruinas.

Puerta RealLa Puerta de Goles o puerta Real estaba situada en la confluencia de la actual calle Alfonso XII, Gravina , Goles y San Laureano, en una pequeña placita que tiene su nombre. De ellas nos queda un lienzo de muralla almohade donde ésta se apoyada y una lápida original que se ha colocado en el mismo. 
Lápida original de la puerta, hoy colocada sobre la muralla donde se conmemora su segunda construcción

Esta puerta recibió originariamente el topónimo de Goles, unos dicen que por degeneración popular del nombre de Hércules, cuya estatua se ostentaba en época remota sobre su arco de entrada, conservándose hasta pocos años antes de la conquista castellana; y otros por ser aquella zona conocida por tal nombre por la proximidad de una alquería así denominada. Su nombre cambió por el de Real, para unos desde la supuesta entrada por ella del rey Fernando III y, para otros desde la documentada entrada de Felipe II el 10 de mayo de 1570, poco después de verificado su enlace con Dª Ana de Austria, siendo recibido por el pueblo con tal pompa, ostentación y muestras de respeto, que hizo época en los anales de nuestra ciudad. En cualquier caso el nombre que ha llegado hasta nuestros días ha sido éste último.
La Puerta Real constaba de dos cuerpos: el primero poseía un gran arco romano ornado con robustas pilastras, sobre cuyas cornisas se alzaba el segundo, terminando en un frontispicio rematado por varias pirámides a imitación de la de Triana. Sobre la clave del arco en su frente principal aparecía la siguiente inscripción latina:
Ferrea Fernandus prepegit claustra Sevilla
Fernandi nomem splendit ut astra polli
“Fernando quebrantó las puertas de hierro de Sevilla,
y el nombre de Fernando brilla como los astros del cielo”
En cualquier caso la original puerta fue totalmente reconstruida en 1565,  como así consta en la lápida que originariamente estuviera en la puerta, hoy colocada en el lienzo de muralla, siendo Asistente de la ciudad don Francisco Chacón. Con motivo de estos trabajos perdió sus puertas, rastrillos y cuantas obras de defensa tenía cuando la conquista.
En su parte interna había dos capillas una dedicada a la Virgen de la Mercedes y otra al Cristo de la Redención., como ocurriera en la totalmente desaparecida puerta Osario que había una capilla dedicada a la Virgen del Rocío.

Curioso azulejo resumen de la historia de la puerta situado en la cara
 de la muralla donde se apoyaba la misma

En la actualidad nos queda la ubicación de la originaria capilla de las Mercedes que ganó espacio al derribarse la puerta definitivamente en 1862. La capilla original se hundió en 1930 y fue totalmente reconstruida en los años cuarenta, teniendo hasta la actualidad una gran devoción la meritada imagen, no sólo en su barrio sino en toda Sevilla. Esta hermandad de gloria de Ntra. Sra. de la Mercedes Coronada de la Puerta Real tiene unas  reglas que datan  de 1725.
El lienzo de muralla en 1995 fue objeto de unas acertadas obras de restauración que permitieron ver que remataba en la referida puerta y colocar sobre ella la lápida original conmemorativa de su última construcción en 1564.

Postigo de San Antonio, se hallaba a espaldas del convento de San Antonio de Padua.

Puerta de San Juan, situada en la calle Guadalquivir, entre la calle San Vicente y Torneo. Anteriormente al siglo XV, esta Puerta era llamada del Ingenio por encontrarse muy cerca de ella el muelle para la carga y descarga de las mercancías que entraban en la ciudad por la vía fluvial, cuyo muelle subsistió hasta el año 1574, en que comenzó a utilizarse el que se labró junto a la Torre del Oro. El nombre de Puerta de San Juan lo adquirió por alusión al inmediato barrio e iglesia de San Juan de Acre.
Su arquitectura estaba formada de un arco de poco radio y elevación colocado entre dos almenados torreones cuadrangulares. Ésta y su inmediata de la Barqueta estaban unidas por un lienzo de muralla, dándose el detalle de ser circulares los doce torreones que aparecían en los intermedios de aq
uella mole de granito
Sobre el arco de esta Puerta se ostentaba una lápida que decía:
“Se hizo esta obra de reedificación de murallas por dirección del Señor Marqués de Monte Real, del Consejo de Su Majestad en el Real de Castilla. Asistente Superintendente General de todas las Rentas Reales. Año de MDCCLVII”
La inscripción acabada de transcribir indica, como se desprende de su texto, que en el año 1757 fue reedificada la puerta que nos ocupa.
Nada vemos que nos recuerde su memoria tras el derribo que sufrió en 1864.

Puerta de la Almenilla o de la Barqueta, se hallaba en la calle Calatrava, en la plazoleta del Blanquillo. Si nos fijamos atentamente en el dibujo la espadaña que allí se admira es la del Monasterio de San Clemente cuyo enclave existe en la actualidad, por lo que nos puede dar un buen norte de su situación. Esta puerta recibió varios nombres y se acometieron sobre ellas diversas obras, dado que durante mucho tiempo estuvo en primera línea de combate contra las crecidas del Guadalquivir, haciendo una auténtica función de muro de defensa contra las inundaciones. Se llamó Vib-Arragel, de la Almenilla, aludiendo a una pieza arquitectónica de esta clase que coronaba su parte superior, y de la Barqueta, que es el que nos ha llegado hasta nuestros días al existir allí un servicio de barcas o barcazas para cruzar el río por aquella zona.
La arquitectura de esta Puerta nada ofrecía de particular: un arco de medio punto cuyos estribos descansaban en dos torreones o castillos. Pero en cambio se hallaba rodeada de una serie de murallas y torreones dignos de figurar en cualquiera plaza fuerte de importancia. Próximo a ella se encontraba “El Blanquillo”, antes llamado “Patín de las Damas”, construido por una gran plaza de armas, de figura trapezoidal, de sesenta metros de longitud o ancho, defendida por ocho robustos torreones, cinco cuadrangulares y tres redondos, de los cuales cuatro daban vista al río y los otros cuatro al interior del Blanquillo.
“El ancho terraplén de este nombre se encontraba labrado a la altura de la muralla y para llegar a él existían dos anchas y cómodas escaleras: una daba subida a un muro de regular espesor, que terminaba en un castillo situado formando ángulo con la muralla que desde la Puerta de la Macarena se dirigía a este punto; y la otra terminaba con un terreno espacioso perfectamente enladrillado y rodeado de cómodos asientos de piedra desde los cuales se admiraba un hermoso panorama.
Al final de dicho espacio, retrato más bien de paseo público de aquellos tiempos, aparecían varios escalones que daban subida a lo que llamaban la “azotea”, que no era más que el techo de la Puerta de la Barqueta, y bajando por una pequeña grada se descendía de nuevo a la muralla, que continuaba después en dirección hacia la Puerta de San Juan.
Una vez cruzada la Puerta se encontraba otro espacio de bastante amplitud provisto de asientos en el codo del río, sobre el que se elevaba algunos metros, y finalmente, descendiendo por una ancha y suave pendiente, hallábase el Guadalquivir siempre amenazando con sus avenidas estas antiguas construcciones hechas para la defensa de Sevilla.

A finales del siglo XIV era tan sumamente bajo el terreno sobre el que se hallaba esta Puerta que la clave del arco estuvo casi en el plano que últimamente constituía su pavimento. Debido a esto y para evitar los constantes peligros que se presentaban en épocas de riadas, en el año 1387, se hicieron grandes obras para elevarla.
En vista de que esta primera reforma no bastó para conjurar el peligro, se le hizo la segunda en el año de 1627, siendo Asistente de la Ciudad don Lorenzo de Cárdenas y Valda, según atestiguaba una gran lápida escrita en latín colocada en el lado interior de la torre, lindera con el costado izquierdo de la Puerta, pero no siendo aún bastante, se construyeron al poco tiempo unos muros llamados malecones.
En el año 1773 se practicaron por tercera vez nuevas reformas y mejoras en esta Puerta, también encaminadas a defenderla contra las inundaciones del Guadalquivir, terminándose los trabajos el día 13 de noviembre de 1779, siendo Asistente de la Ciudad don Francisco Antonio Domezain, al que se le debió una parte muy activa en estas obras y en el perfeccionamiento de la Puerta entonces llamada de la Almenilla”. (ÁLVAREZ-BENAVIDES. Curiosidades Sevillanas, págs. 145-146)

“Al ser demolida esta Puerta en el año 1864 se hizo un descubrimiento muy curioso. En el costado izquierdo de la misma, y cerca de las escaleras que conducían al “blanquillo”, apareció la entrada de un subterráneo. Esta bajada de boca cuadrangular, dirigía primero sus escalones hacia el río; después continuaba en dirección paralela al mismo, a continuación aparecía una mina que se dirigía a la izquierda, y por último, tornaba a ser paralela al Guadalquivir y daba entrada a un espacio cuadrado y abovedado que contenía una gran piedra en su centro y parecía haber servido de mesa. En uno de los ángulos de este espacio aparecían señales de una puerta con dirección al sur, y otra también que se descubrió tapiada, cerraba el paso a una distinta galería colocada en dirección hacia el este.
La construcción de aquella misteriosa obra indicaba ser de origen romano, y al ser descubierta, lejos de practicar un detenido examen de ella, se apresuraron a rellenarla de escombros procedentes del derribo y la vía férrea extendió por encima su raíl sin que nadie se preocupara en hacer más averiguaciones sobre el particular”. (ÁLVAREZ-BENAVIDES. Curiosidades Sevillanas, pág. 147)

Postigo de la Feria o de la Basura, estaba al final de la calle Feria, esquina con la calle Bécquer.

Un malentendido celo por parte del Municipio sevillano fue causa de que se demoliesen las antiguas puertas, pues si bien es cierto que algunas de ellas carecían de importancia artística y dificultaban el crecimiento natural de la ciudad, lo es también que otras debieron respetarse por su aspecto monumental o su curiosidad histórica, habiendo podido dejarlas exentas a manera de arcos de triunfo. Desgraciadamente no fue ese el criterio seguido.

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