La peste de 1.649

La epidemia de peste de 1649 que devastó Sevilla, diezmó la población, ya que supuso la muerte de al menos 60.000 personas, el 46% de la población de la ciudad.

En ese año, Sevilla seguía siendo la ciudad más populosa de España y su actividad económica, derivada del monopolio que ejercía sobre el comercio con América, continuaba siendo pujante. Sin embargo, las deficientes condiciones higiénicas de sus calles y su condición de puerto de mar tierra adentro, la iban a convertir en foco de una virulenta epidemia de peste que diezmó su población, marcando el ocaso de su esplendor.


En aquel año, Felipe IV reinaba sobre un Imperio en el que no se ponía el sol pero que empezaba a manifestar los primeros síntomas de decadencia. La nefasta política llevada a cabo durante el valimiento del conde duque de Olivares, en aquel entonces ya fallecido, había contribuido a empeorar los graves problemas por los que atravesaba España. El derroche de una Corte suntuosa y la multitud de frentes abiertos por la monarquía hispánica, tanto dentro como fuera de sus propias fronteras, consumían sumas astronómicas y el oro y la plata que llegaban desde América eran insuficientes para cubrir los enormes gastos, provocando la bancarrota del Estado. En medio del creciente clima de caos económico, social y moral que afectaba al país, Sevilla empezó a sufrir los efectos de una grave crisis.

Con sus muelles concentrados a orillas del tramo navegable del río Guadalquivir, la capital andaluza gozaba de una situación privilegiada. Alejada de la costa, la ciudad se encontraba a salvo de los bombardeos o desembarcos de las flotas de potencias enemigas que se quisieran apoderar de sus tesoros. Sevilla ostentaba el monopolio del comercio con América y a su puerto fluvial llegaban los barcos que procedentes de América remontaban el Guadalquivir con sus bodegas repletas de riquezas. De allí partían cargados con productos para vender en el Nuevo Mundo con los que los comerciantes instalados en la ciudad obtenían grandes beneficios. Este tráfico incesante de mercancías también servía para financiar a la Corona, que cobraba impuestos y tasas por cada una de las transacciones.

A comienzos de la década de los cuarenta del siglo XVII, Sevilla empezó a pagar las consecuencias de la excesiva presión fiscal a la que estaba sometida por parte de los funcionarios del rey. Los enormes gastos derivados de la Guerra de los Treinta Años en Europa y las insurrecciones en Portugal y Cataluña habían dejado exhaustas las arcas del Estado, lo que había obligado a tomar medidas para incrementar la recaudación, entre ellas la subida de impuestos a las transacciones mercantiles. Muchos de los comerciantes que habían acudido a la ciudad andaluza atraídos por su dinamismo económico y las oportunidades de negocio que les ofrecía su puerto se vieron obligados a cerrar sus almacenes por culpa de la drástica reducción del margen de beneficios. Los barrios próximos a los muelles fueron los más afectados y muchas de sus casas y comercios abandonados ofrecían un aspecto desolador.

A pesar de la crisis, Sevilla seguía siendo una ciudad populosa que en aquel entonces tenía más de ciento cincuenta mil habitantes, la segunda más poblada del Imperio después de Nápoles. Sin embargo, las condiciones de vida de la mayoría de los sevillanos dejaban mucho que desear. Al hacinamiento y la ausencia total de medidas higiénicas, se unía el constante tráfico marítimo de barcos procedentes de puertos remotos donde sus tripulantes podían contagiarse de graves enfermedades. La suciedad y las inmundicias se acumulaban en las calles y las ratas campaban a sus anchas sin que ninguna autoridad dictase las disposiciones oportunas para evitarlo. Al mismo tiempo, los barcos que atracaban en sus muelles tras varios meses de travesía eran espacios reducidos en donde las epidemias podían incubar, trasladándose rápidamente de un país a otro.

La primavera de 1649 fue especialmente lluviosa y las graves inundaciones de un Guadalquivir desbordado anegaron los cultivos y granjas de todo el valle. Sevilla también sufrió los efectos de la riada y según cuentan los cronistas de la época podía llegarse en barca hasta la Alameda de Hércules. La retirada de las aguas dejó al descubierto la pérdida completa de las cosechas y los cadáveres putrefactos de miles de animales ahogados. La falta de productos agrícolas produjo el desabastecimiento de la ciudad y un aumento de los precios de los alimentos de primera necesidad, provocando que el fantasma del hambre y la desnutrición comenzasen a acechar a sus habitantes más vulnerables. Todos estos ingredientes prepararon el caldo de cultivo idóneo para la epidemia sin precedentes que iba a asolar la ciudad.

La peste ha sido una de las pandemias que ha causado más muertes a lo largo de la Historia. Implantada de forma siniestra en el imaginario colectivo d
e la Humanidad, su simple pronunciación se ha convertido en sinónimo de una muerte horrenda. Desde un punto de vista estrictamente médico, la peste es una enfermedad infecciosa causada por la bacteria Yersinia pestis, bautizada así a partir de 1967 en honor a su descubridor, Alexander Yersin, un bacteriólogo franco-suizo del Instituto Pasteur de París. Las pulgas de las ratas infectadas son sus transmisoras, afectando a otros animales o al hombre con su picadura.

Durante el desarrollo de la enfermedad el contagiado se encuentra débil, con marcha vacilante y habla balbuciente, para después sufrir fuertes dolores de cabeza, fiebre muy alta, escalofríos, vómitos y diarreas. En el caso de la peste bubónica, aparecen inflamaciones de varios centímetros de diámetro que se localizan en las ingles, las axilas o en el cuello, y que en ocasiones pueden supurar. La palpación de los bubones produce un dolor muy intenso y por debajo de la piel se nota una masa firme y dura. Tras una lenta agonía de varios días, el paciente muere después de un deterioro progresivo y generalizado de su estado.

Lo que nadie imaginaba en aquellos días era que la Muy Noble, Muy Leal e Invicta ciudad ribereña del Guadalquivir estaba a punto de desaparecer del mapa por culpa de una maligna peste que acababa de colarse en la Península desde algún puerto africano. En el año 1649 Sevilla iba a ser el lugar escogido por la terrible enfermedad para cebarse en su indefensa población.
No se sabe con certeza cómo ni cuando llegó a las costas de la Península Ibérica, aunque todo apunta a que en 1647 se declaró en Valencia un brote de peste, viajando a bordo de algún barco procedente de África. Desde allí se extendió hacia al sur, contagiando a la ciudad de Alicante. Después se propagó en dirección a Murcia, continuando su letal recorrido siguiendo la costa mediterránea hasta alcanzar Almería y Málaga en 1648. Al año siguiente la peste saltó al litoral atlántico andaluz, extendiendo la muerte por Gibraltar, Cádiz y Huelva.

El bacilo de Yersin hizo de las suyas durante el verano y luego, aparentemente, desapareció.  al año siguiente, con el calor, volvieron los contagios; pero ya en toda la costa mediterránea, desde Barcelona hasta Cádiz. La peste se declaró formalmente en abril. Las autoridades ordenaron cerrar la ciudad a cal y canto. Pero ya era tarde. Así que, expuestos a lo inevitable, rogaron al Señor que fuese clemente con ellos mediante extraordinarias letanías y procesiones por las calles con penitencias públicas.

La multitudinaria apelación a la Providencia sirvió exactamente para lo contrario: el número de contagios aumentó por el hacinamiento y el trajín callejero. Para mediados de mayo, Sevilla era ya un lugar maldito de cuya desgracia se hacían lenguas en todo el Reino.

El día 21 de ese mes se prohibió la entrada en Madrid de sevillanos y de mercaderías procedentes de Sevilla. Bastante tenía el Rey con perder su mercado como para que la pestilencia le aviase también la Corte. Para el Corpus, el obispo hispalense echó toda la carne en el asador: si el Altísimo no ayudaba a su hija predilecta en tan señalado día, al puerto de Indias le había llegado la hora de pagar por su soberbia. La procesión del Corpus hubo de hacerse en la Plaza de San Francisco porque la del Salvador estaba llena de cadáveres. El paso era pequeño por falta de costaleros: unos 160 habían muerto en el transcurso de los días anteriores. Un auténtico drama, presagio de lo peor.

Se formó un Consejo plenipotenciario, conformado por el presidente del Santo Oficio, el de la Casa de Contratación, un miembro del Consejo de Castilla y un representante de la nobleza. Acordaron habilitar un hospital de emergencia, que se dio en llamar “el de la Sangre” (Hospital de las cinco llagas), para aislar a los enfermos. Pronto se llenó hasta los topes, y no ya de enfermos, sino de muertos que nadie quería desalojar. Para ese menester se presentaron en la ciudad enterradores de alquiler, “gente perdularia que había venido a la golosina del aprovechamiento” y que, por tan arriesgado oficio, se llevó “muchos ducados”.

El Consejo prohibió enterrar en las iglesias y, dado que las pilas de cadáveres “infiçionaban el ayre”, ordenó que se excavasen fosas comunes en todo el perímetro urbano.El panorama era desolador, propio del Infierno de Dante.
Estos enterramientos también se habilitaron junto a hospitales como el de las Cinco Llagas (actual Parlamento andaluz), donde se instalaron enfermerías provisionales para atender a los apestados.

A mediados de junio, Sevilla era un inmenso matadero del que salían carretones llenos de cadáveres desde el alba hasta el ocaso camino de las fosas, cubiertas profusamente con cal para evitar nuevos contagios. En poco más de tres meses, la otrora risueña ciudad había perdido la mitad de su población, lo que arroja la lúgubre cifra de unos 800 muertos al día.
Con la llegada del otoño, “todo era espanto, un asombro, un suspirar de continuo, sin danzas, sin cofradías, sin religiones, sin clero ni reliquias, con la poca música que había quedado, sin seises…”. No había en la ciudad una sola familia que no tuviese un difunto al que llorar: la peste, metáfora de la mism
a muerte, igualó a todos sin distinción de riquezas, estamento, sexo o edad. En esta tragedia perdió la vida el famoso escultor Juan Martinez Montañés.

La incesante tragedia llevó a las autoridades religiosas y civiles a implorar la intercesión divina, de ahí que el 2 de julio de ese año se sacara en procesión de rogativa al Cristo de San Agustín desde su convento a la Catedral, de la que volvió al día siguiente, jornada en la que se produjo un fenómeno extraño al permanecer cubierto el sol durante varias horas con un color carmesí, parecido al de la sangre.

A los pocos días de esta procesión en el citado hospital (conocido entonces como de la Sangre) ondeaba una bandera blanca como señal de que la epidemia había remitido, por tal motivo se mantiene hoy día la acción de gracias a este Crucificado en esa fecha.

La catástrofe tardó décadas en ser olvidada, si es que alguna vez lo fue. No es casualidad que un sevillano, Juan Valdés Leal, fuese el autor de la obra más tenebrosa de la pintura universal: In ictu oculi (en un abrir y cerrar de ojos), sobrecogedor óleo realizado para el Hospital de la Santa Caridad en el que la muerte se yergue triunfante, ataúd bajo el brazo, guadaña en mano, mirándonos a los ojos, recordándonos que la vida es la frágil llama de una vela que se apaga en una décima de segundo, en un abrir y cerrar de ojos.

La extraordinaria Sevilla imperial, “asombro del orbe”, jamás volvió a ser la misma. Se replegó malherida, perdió su monopolio sobre las mercaderías procedentes de Indias, su flota, sus escuelas artísticas, sus acaudalados mercaderes y hasta sus pícaros.

Tardó dos siglos y medio en recuperar la población perdida: hasta el año 1900 no volvió a contar con 150.000 almas; pero para entonces ya no era centro del mundo, sino “un huerto claro donde madura el limonero”.

De todas formas, la que tuvo retuvo, y Sevilla sólo hay una.

Fuentes: historia sin historietashistoria de iberia vieja

SMYL©2014

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