El día de todos los Santos: Sevilla y sus cementerios

Tras el mes de Octubre, con sus melancólicas lluvias y su cambio de tonalidades vitales, los pinceles del clima y de la naturaleza repintan el paisaje de nuestra querida Sevilla. Así, ésta se torna más ocre y fría y, en nuestra opinión, más hermosa.

Se acerca el día de Todos los Santos, tradición católica creada en su momento para compensar cualquier nombre de santo que no existiera en el santoral oficial. En muchos lugares del mundo, como en España, se honra y se trae al recuerdo a las personas que no están con nosotros, que han abandonado este mundo terrenal para dirigirse a otro más inmaterial.
Así, volveremos a ver por nuestras calles a los chiquillos y a los no tan chiquillos disfrazados en la noche de Halloween, antiquísima tradición pagana que se suele relacionar con los druidas de antaño. También veremos a la mañana siguiente a los familiares de algún ser querido, con ofrendas de flores y rezos, visitando los cementerios de la ciudad y asistiendo a la Misa en honor a sus difuntos. Fechas, sin duda, ricas en matices.

La noche comprendida entre el 31 de Octubre y el 1 de Noviembre, al igual que la Noche de San Juan, se considera mágica, misteriosa y peculiar. La tradición nos cuenta que 40 días después del equinoccio de Otoño se produce la muerte de la Naturaleza, que corresponde precisamente con el Día de Todos los Santos. Así pues, se dice que el mundo de los vivos y el de los muertos llegan a coexistir juntos en estas fechas, y la delgada línea que los separa se difumina…

Se desatan ciertas energías poderosas al caer la noche. ¿Quién de nosotros no hemos probado realizar algún pequeño ritual durante estas fechas, aunque sea como curiosidad? Por no hablar de los ritos y tradiciones llevados a cabo por algunos cultos en Sevilla, fieles a sus antiguas raíces…
También los expertos en transcomunicación suelen experimentar estos días. Las psicofonías, por poner un ejemplo, se pueden obtener en cualquier fecha. Pero esa noche invita a llevar a cabo una sesión especial, con resultados excelentes en ocasiones. Eso sí, contrario a la creencia popular, los cementerios no son los mejores lugares para grabar voces del más allá. Las obtenciones suelen ser muy escasas. Quizás sea debido a que en el camposanto las almas descansan en paz y armonía, han iniciado su viaje, su propósito astral y no reclaman volver ni tienen temor. Así debe ser.
A continuación daremos un breve repaso a algunos cementerios de nuestra Sevilla, de varias épocas y culturas distintas. Comenzamos con la Híspalis romana, cuando la ciudad tenía una cierta estructura triangular. El imperio más extenso que conoció la humanidad en esa época gustaba de situar los mausoleos y aras funerarias a ambos lados de los caminos que conectaban poblaciones. Así, se descubrieron restos funerarios en áreas tales como la antigua Fábrica de Tabacos, el Prado de San Sebastián y San Telmo correspondientes a los siglos II y III d.C.
Más antiguos incluso resultan otros restos hallados en la ciudad. En el siglo primero de nuestra era existían enterramientos en ambas aceras de San Luís, la Plaza del Pumerejo o las calles Virgen del Carmen Doloroso e Inocentes. Toda esa zona es conocida por albergar una serie continuada de fenómenos paranormales. Apariciones espectrales, psicofonías, misteriosos suicidios…
Otras aras funerarias se extienden más en el tiempo, comprendiendo los siglos II al VII, en plena etapa visigoda. Tal es el caso de la necrópolis situada en la Trinidad y la manzana del antiguo Bazar España, tristemente recordada por el incidente de Nochevieja del 98, en el que cinco personas murieron al desplomarse un muro. La leyenda cuenta que en este antiguo camposanto fue donde se enterró a una de nuestras patronas alfareras, Santa Rufina.
De nuestro pasado musulmán tenemos la necrópolis de los siglos IX-XI bajo los actuales Jardines de la Buhayra, o el conocido Cementerio de los Alfareros (s. XI-XII) situado en lo que hoy es la Plaza Nueva, el Ayuntamiento y parte de la Avenida de la Constitución. Estos y otros lugares de eterno reposo, como algunos de la zona de la Alameda, disponían las tumbas orientadas a la Meca como establece su tradición.
La tercera cultura que convivió en nuestras calles, la judía, también nos legó muestras de su labor crematística. La actual Puerta de la Carne es conocida por ser en su momento un punto neurálgico del día a día de la comunidad hebrea. Se hallaron la mayoría de sus enterramientos allí, entre los siglos XIV y XV y, en menor medida, cerca de la Puerta Osario.
Interesantes son los restos de camposantos hallados en la actual calle Cano y Cueto hacia el paseo de Catalina de Ribera, compartido por judíos, musulmanes y tardoromanos del siglo V.
Tras el Siglo de Oro llegó la decadencia de los siglos XVII-XVIII. Epidemias terribles como la de peste, numerosas iglesias y conventos tuvieron que dar reposo a muchas más almas de las deseadas. Para descubrir el drama de las epidemias de la época, un buen ejemplo es la Iglesia del Salvador, que albergó bastantes nichos de niños, dada su cercanía con la Antigua Casa Cuna. También nos queda el recuerdo de las numerosas cruces que se levantaron en los lugares donde se albergaban a los fallecidos por insalubridad, como la llamada Cruz de Culebras en dicha iglesia.
Una vez que pasó la invasión francesa la ciudad comienza a expandirse de nuevo. Cruzando el Prado de San Sebastián se erigiría el Cementerio de San Sebastián en 1819, renombrado años más tarde Cementerio Eclesiástico o de los Canónigos, por la imposición de un tributo para poder ser enterrado allí. Por esas fechas se levantaría el llamado Cementerio de los Pobres, para los que no podían costearse su descanso eterno, sito en el actual cruce entre las calles Valparaíso y Juan Pablos.
Sería el 1 de Enero de 1853 cuando el cementerio municipal de San Fernando comenzó a funcionar como lugar de reposo y paz, alojando a miles de personas en su tránsito al más allá hasta la fecha. La mayoría cristianos, pero también con un espacio reservado para no creyentes y otro para musulmanes. Los protestantes ingleses que vivieron en nuestra ciudad descansaban en el llamado Cementerio de los Ingleses, inaugurado en 1855 en pleno corazón del barrio de San Jerónimo y abandonado desde principios de este siglo. Una pequeña muestra del estilo crematístico británico.
Retomemos el cementerio de San Fernando, una excelente muestra de belleza serena. Entre sus muros encontramos obras de arte como el Cristo Yacente de Antonio Perea y otros cru
cificados igual de inspirados. Anécdotas y conocidas leyendas como la del Cristo de las Mieles o el Cachorro surgieron dentro del conocido camposanto. Paseando por el lugar podemos ver desde los lugares de descanso más hermosos como el espectacular mausoleo del torero Joselito el Gallo o la tumba del que fue presidente de la II República Diego Martínez Barrios, hasta el más humilde nicho de un obrero o un familiar cercano.
Cuando nos toca emprender el último viaje, todos somos iguales y la mejor muestra es visitar el lugar de descanso de las almas, tanto de las que fueron muy conocidas como de las que son casi anónimas. Desde aquí, un sentido respeto para todas ellas.
Un articulo de Emilio gallego

SMYL©2014

Si te ha gustado compártelo con tus círculos.

ENTRADAS SIMILARES

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *