Certamen novela corta – nº 1 – El rostro de Jesús por Malvina

El rostro de Jesús
Capítulo 1 – Esperando
Pelayo insiste en deformar la nariz de la figura que talla en una madera
que encontró en la playa, y su maestro suspira paciencia para lograr que la
gubia del muchacho le abra caminos.
Cabrera se ha hecho cargo del niño, alimentándolo, vistiéndolo,
enseñándole el oficio de tallador  – que
él aprendió en sus ratos de ocio -, después de ver cómo los españoles lo
dejaban huérfano y desamparado en el Nuevo Mundo.  Es un buen aprendiz, y su maestro lo llama
Pelayo, en honor al príncipe asturiano que derrotó a los musulmanes en la
batalla de Covadonga.

Entre ellos se ha forjado un vínculo difícil de ignorar, hasta para el
propio Marcos Cabrera – hombre sin ataduras, parco, taciturno -, quien observa
al pequeño con orgullo paternal mientras éste se empecina en corregir los
errores del trabajo que tiene entre manos. 
Pelayo tiene hambre de saber, y eso es suficiente para Cabrera, que se
ha pasado la vida viajando de un mundo a otro para aprender de cada cultura, en
mar o en tierra, y mestizar al artista que se esconde detrás del  rudo Capitán.
–         
Deja eso, chaval, lo estáis
arruinando.  Mejor ve por las mazorcas de
maíz que necesito para mi trabajo y relaja los dedos.  El empecinamiento no es bueno en un artista
que no ha descansado lo suficiente. 
Vuestras manos son la herramienta principal, debéis dejar que aflojen la
tensión de vez en cuando.
–         
Es que quiero terminar a la
Virgencita – protesta el mocoso -, se la prometí a doña Mercedes.
–         
La señorita Valdés tendrá que
esperar.  ¡Haz lo que te ordeno si
quieres quedar bien con la dama!
Mercedes Valdés, la musa de cualquier hombre que se precie artista.  La sevillana, de noble abolengo, viajó a las
Indias detrás de un conquistador, pero al llegar, los ojos de su alma piadosa e
inmaculada le enseñaron que el oro del nuevo mundo no justificaba la saña con
que esos hombres conseguían llenar sus arcas, prometiendo una vida de lujos que
ella no consentía entre tanta destrucción.
A Cabrera, esa mujer de veinte años, lo conmovía como ninguna otra lo
había hecho.  Poseía, en la mirada clara
de sus ojos verde mar, el encanto del que muchos hombres anhelaban
alimentarse.  De fácil sonrisa y labios
llenos, cuerpo de sirena y un andar de reina, como la mismísima reina hubiera
envidiado al verla pasearse entre esclavos y señores, puesto que su majestad no
la hacía perder la humildad de quien se sabe un instrumento de Dios en la
tierra.
Pelayo abandona la gubia de mala gana y sale a recoger las mazorcas para
su maestro.  El capitán se queda solo en
la choza que comparte con su protegido y busca, casi con desesperación, algo
que lo ocupe para no pensar en la morena sevillana; nunca termina bien que la
piense demasiado, y no quiere buscar a alguna india para matar en el cuerpo el
deseo que el alma se empeña en conservar. 
Mercedes…
Sevilla, Diciembre del año 1627
Marcos mira la yema de sus dedos.
¡Con ellos ha creado cientos de imágenes!
El sonido del agua que corre bajo el
puente de Triana, en Sevilla, lo sosiega después de traer a su mente aquellos
gloriosos momentos que pasó en las Indias. 
¿Qué hace allí, sentado a orillas del Guadalquivir, recibiendo el aire
frío y húmedo de la tarde, recordando viejas épocas? ¿Espera que el río se
seque? ¿Secará alguna vez?
Del bolsillo de su capa roja militar
saca una gubia, indiferente al paso de los viandantes que cruzan el puente sin
mirar hacia él, y la acaricia con parsimonia. 
Pelayo debe haberla perdido, porque Cabrera está seguro que el niño
jamás se hubiera ido sin ella a sitio alguno. 
Pero ahí está la herramienta del aprendiz, entre sus dedos grises y
fríos, preguntándose lo mismo que el maestro: dónde está el chaval que él había
llegado a querer como a un hijo.
Marcos se pone de pie, sacudiéndose
el polvo de la capa.  El río seguirá
allí, mientras él se dé una vuelta por la ciudad, visite al Cristo de la
Expiración y vuelva a sentarse a esperar.
Una mujer de gruesa figura,
acompañada por su criada, camina a mitad del puente.  Sólo por un momento, sus ojos se cruzan con
los de Cabrera y el gesto se le transforma. 
Debería irse a Italia, o a Córdoba, su tierra natal.  En Sevilla nadie lo quiere, el rechazo hacia
su persona es evidente, pero Marcos se empecina como Pelayo con su Virgen
aindiada, y permanece cerca del río, esperando…
Capítulo 2 – De otras vidas
–         
¡Enfermarás
de pulmonía! – le advierte la madre -. 
Sólo a ti se te ocurre tomar un baño con este tiempo.
–         
Todavía
no es invierno – replica Leonor.
–         
¡Da
igual!  Este es el verano más frío que
puedo recordar.
–         
Las
aguas del Guadalquivir todavía son cálidas, madre.  Le prometo que es el último baño que tomaré
este verano.
–         
¡Muchachita
consentida! – protesta doña Anunciación, mordiéndose las ganas de entrar en el
despacho de su esposo a reclamarle la negligencia de tolerar todos los
caprichos de su hija menor.
El beso que la matrona recibe en la
mejilla mengua su cólera y prefiere ocuparse de pedir a Remedios, la criada
mayor, que acompañe a Leonor hasta el río y no le quite el ojo de encima.  Falta que los vecinos hablen de la chiquilina
y de su falta de decoro al salir sola de la casa.  Mejor les vendría conseguir pronto un
candidato para la jovenzuela y librarse de tener que estar siempre con el
corazón en la boca por causa de su rebeldía. 
¡Díscola, había tenido que resultarle la menor de sus hijos!  Como si a esas alturas ella tuviera ganas de
lidiar con semejante responsabilidad.
Leonor se envuelve en el lienzo que
utilizará para secarse, el viento es frío en verdad, pero el agua que prueba
con la punta del pie desnudo está deliciosa. 
Deja caer la tela y, sólo con la túnica que usa para bañarse en la casa,
se sumerge por completo en el río.
Algo alejada, Remedios vigila el
entorno cuando ve aparecer un grupo de bulliciosos muchachos.  Sin demora, se acerca al río para informar a
Leonor y le propone avanzar a nado mientras ella coge sus pertenencias y las
lleva, caminando por la ribera, hacia el montecito que está cerca del
puente.  La joven se muestra de acuerdo,
nadar en las aguas del Guadalquivir le calienta la sangre y le permite sentirse
tan libre como las aves que surcan el cielo de su Sevilla natal.
Es Leonor la primera en llegar al
sitio indicado por la criada.  Con una
sonrisa triunfal, se incorpora en aguas menos profundas y se hace sombra con
una mano para ver a Remedios.  La túnica
mojada se le adhiere al cuerpo, dejando ver el contorno de su bien
proporcionada figura.  Ni siquiera
imagina, hasta ver la expresión horrorosa que su criada pone al llegar, que un
intruso la observa desde una tosca.  
Presta, Remedios corre a cubrir a la
muchacha con el lienzo.  El intruso de
capa roja no se molesta en apartar la vista, lleva mucho tiempo sin ver una
belleza semejante fuera de su taller. 
Pero lo que lo mantiene absorto en la contemplación, es el parecido con
aquella mujer que conoció en las Indias.
La muchacha, de unos ojos verdes que
asemejan las aguas del Caribe, también lo mira con descaro, en lugar de
amedrentarse ante la presencia de un desconocido.  La criada le dice algo al oído y ella se alza
de hombros, acostumbrada como está a hacer lo que le venga en ganas.  Luego suelta una carcajada, mostrando la
blancura de su dentadura, echando la cabeza hacia atrás antes de decir:
–         
Es
menester salir de dudas, Remedios.  Mi
señor – se dirige al hombre, inclinándose levemente -, ¿acaso vuestra presencia
es peligrosa para nosotras? ¿Es usted el hombre a quien tanto temen los vecinos
de Sevilla?
El directo interrogatorio toma
desprevenido a Cabrera.  Nadie ha hablado
con él desde hace tiempo, pero a la chica no parece molestarle su presencia,
incluso semidesnuda como está en esos momentos.
–         
Si
su merced me permite, puedo mostrarle que soy inofensivo – dijo, y la voz le
sonó extraña en sus oídos, como si no pudiera reconocerse a sí mismo -.  Me daré la vuelta y quitaré a mis ojos el
privilegio de verla mientras su criada la ayuda a vestirse.  Entonces podré presentarme como es debido y
ponerme a vuestro entero servicio.
–         
Ya
veis, Remedios, el caballero no es quien imaginabais haber visto.  Ayudadme con esto – ordenó luego, señalando
el vestido que la criada llevaba colgando del brazo.
La tarde ya no era fresca, un viento
helado hacía tiritar a Leonor mientras se acomodaba en la tosca donde antes
había estado sentado el desconocido. 
Ahora sabía su nombre, Antonio Guardi, aunque ella no estaba segura de
que esa fuera la gracia de su nuevo amigo.
–         
Le
debo una disculpa, señorita.  Mi
insolencia se ha debido a sentir que estaba frente a una aparición.  Hace muchos años, conocí a una mujer que se
parece mucho a usted y es esa la razón por la que actué deshonestamente cuando
la vi salir del agua.
–         
En
ese caso, no sólo acepto vuestras disculpas, sino que pido las propias.  No suelo presentarme con tanta desvergüenza,
creedme.  ¿A quién dice su merced que me
ha encontrado parecida? – preguntó con sincera curiosidad.
–         
A
una vieja amiga.  Un ángel que conocí en
las Indias Orientales.
–         
¿Ha
estado usted en América? – se asombró Leonor, y ya no pudo ni quiso disimular
el entusiasmo por saber algo de esas tierras lejanas de las que tantas
historias había oído hablar -. 
¡Cuénteme, se lo ruego! ¡Cuénteme cómo es América!
–         
Es
un paraíso en el que Dios ha permitido se instale el infierno – espetó el
hombre.
–         
Lo
mismo contaba mi tía en sus cartas – recordó en voz alta, repentinamente
afligida -.  Su amiga… ¡Hábleme de su
amiga, señor Guardi!
A Cabrera lo fascinó ver con qué
rapidez se recuperaba Leonor de sus dolorosos recuerdos.  Evidentemente, su tía había escrito cartas describiendo
al Nuevo Mundo tal como él lo hubo visto. 
Pero Leonor conservaba la frescura de la juventud que otros habían
perdido ya y no se dejaba arrastrar por la desazón.
–         
Dice
que su tía escribió cartas desde las Indias – empezó a decir él, cada vez más
convencido que esa trasparencia verde en los ojos de la muchacha no podían
estar lejos de aquellos que alguna vez había amado con locura -.  ¿Cuál es el nombre de su pariente? Si es que
la pregunta no le parece inapropiada viniendo de un completo desconocido.
–         
De
ninguna manera, señor Guardi, usted y yo nos hemos presentado, aunque de manera
informal, y ahora somos conocidos.  Mi
tía se llamaba Mercedes – siguió diciendo -. 
Mercedes Valdés.
–         
¡Almas
del Purgatorio! ¡Pero si estamos hablando de la misma persona!
La increíble coincidencia los
mantuvo hablando durante una hora. 
Remedios comenzó a impacientarse y a rogarle a la niña que volvieran a
la casa. 
Leonor estaba encantada de haber
conocido a don Antonio Guardi y le pidió, prácticamente suplicó, que volvieran
a encontrarse al día siguiente.  Ella quería
saber más sobre su tía paterna, a quien jamás conoció sino a través de las pocas
cartas que de vez en cuando llegaban del otro lado del océano y que se le
permitieron leer.  Admiraba a la mujer
que lo había dejado todo por una aventura como aquella, aun cuando la sabía
envuelta en un misterio que terminó llevándola a la tumba.
–         
¿Sabe?
Es usted su viva imagen.
–         
Mi
padre dice que he heredado sus ojos.
–         
Y
su boca – agregó el hombre, arrepentido al instante por haberse delatado.  Durante todo el rato había estado admirando
los labios de Leonor.
–         
¿Estabais
enamorados?
La joven lamentó haber hecho esa
última pregunta, ya que su amigo se incorporó, al parecer incómodo, y buscó una
excusa para retirarse.  Si.  Él había estado enamorado de Mercedes, eso
podía leerlo en sus ojos cuando hablaba de ella, aunque no lo quisiera admitir
abiertamente, pero a Leonor le hubiera gustado saber si tía Mercedes
correspondió a ese amor.
Capítulo 3 – Secretos bien guardados
Acostada, en la penumbra de la
habitación, Leonor Valdés pensaba en Antonio Guardi.  ¿Cuántos años tenía?  A juzgar por los relatos de esa tarde, el
hombre debía rondar los sesenta.  Pero
físicamente aparentaba menos.
La joven hizo una lista mental de
las preguntas que no había tenido tiempo de hacer. Edad, ocupación, origen,
domicilio actual, amigos o parientes. ¿Qué hacía sentado a orillas del río a
esas horas en lugar de estar en una taberna como el resto de los mortales, en
una sala de juegos, o en cualquier otro sitio?
¡Debes ser más prudente, Leonor!, se
reprendió a sí misma.  Acosarás al pobre
hombre y ya no querrá verte ni cruzarse contigo por la calle.  Pero la curiosidad le ganaba.  Además, estaba la otra cuestión, una
sensación de seguridad, tal vez una atracción. 
Existía una fuerza sobrenatural que la impelía a volver a verlo, a estar
con él a pesar de las recriminaciones de Remedios. ¡Y su madre! El alboroto que
hizo al verla cruzar el umbral de la puerta de calle a deshora.  Su padre, como siempre, debió salir en su
defensa y soltarle un reto- poco creíble – para acallar a su esposa.
Como evidentemente no iba a pegar un
ojo en toda la noche, Leonor encendió la vela de la palmatoria y se cubrió con
una bata al salir de la cuja.  En el
corredor, observó la puerta del despacho de don Alfonso Valdés; todavía estaba
trabajando, a juzgar por la pálida luz que asomaba por una hendija.  Tocó una vez, mordiéndose el labio inferior
por lo que estaba a punto de hacer.  Oyó
el permiso de su padre y entró.
–         
¡Todavía
despierta, criatura!
–         
Lo
siento, señor.  Es que… hay algo que no
me deja dormir.
–         
¡Habla!  Pero que sean en voz baja.  Si tu madre te descubre levantada a estas
horas de la noche volverá a sermonearme sobre límites y penitencias. ¿A qué se
debe tu desvelo, hija mía?
–         
Me
preguntaba si podía leer las cartas de tía Mercedes…
–         
¿Qué?
¿Y para qué quieres tú esas cartas?
–         
¿Usted
sabe si su hermana ha tenido un amor en las Indias? – soltó la pregunta a modo
de respuesta.
–         
¡Esa
cabecita tuya, niña!  Tu tía Mercedes murió
soltera.
–         
Eso
ya lo sé.  Lo que me gustaría saber es…
–         
Ya
sé por dónde vas, Leonor – la interrumpió su padre en un tono que pocas veces
dispensaba a su hija dilecta -, y no encontrarás nada en esas cartas que ayuden
a inflar tu imaginación más de lo que tú sola puedes lograr.
–         
¿Me
las dará? – insistió ella, ignorando la ironía de su progenitor.
Don Alfonso abandonó su
silla y permaneció en silencio durante unos momentos, dándole la espalda.
–         
Se
enamoró de un capitán español, es todo cuanto puedo decirte.
–         
¿Sabe
su nombre? ¿Por qué no se casó con el capitán?
–         
Mandé
a averiguar sobre él a Córdoba, de donde era oriundo.  Ya sabes que, como escribano, tengo mis
influencias.  Estaba limpio – continuó
don Alfonso.  Su voz era grave, como si
estuviera a punto de develar un viejo secreto -.  Le escribí a Mercedes pidiéndole prudencia en
su proceder.  En las Indias, a nadie
tenía, pero cometí el error de consentir esa relación en caso que el capitán la
pidiera en matrimonio.  Un viejo amigo me
escribió al año siguiente de haber despachado esa carta anoticiándome sobre el
lamentable estado de mi hermana.  El
infeliz le robó la inocencia después de asesinar al pequeño que la acompañaba
la noche en que la tomó por asalto y la violó.
Leonor siempre había creído que su
tía había muerto de viruela, por lo menos, eso era lo que procuraron que
creyera.  Jamás se hubiera imaginado un
final semejante para una mujer como Mercedes Valdés. ¿Tendría Antonio Guardi
algo que ver con todo eso?  ¿Habría
conocido esa misma tarde al rufián del que su tía estaba enamorada?
–         
¿Cuál
es la gracia de ese capitán? – preguntó, sin pensar en el dolor que atravesaba
a su padre recordando aquellos nefastos sucesos -.  ¿Acaso la muerte de tía Mercedes tuvo que ver
con ese episodio que acaba de contarme?
–         
Murió
al día siguiente, desangrando su deshonra.
Leonor permaneció callada unos
minutos.  Temía que el nombre que saliera
de boca de su padre la lastimara.
–         
Hace
un año, llegó de Italia un imaginero a quien la Junta de Gobierno encargó
la escultura del Cristo de la
Expiración para la Hermandad.  Marcos de
Cepeda era su nombre.
–         
Recuerdo
muy bien ese caso, padre.  Toda Sevilla
supo que el señor Cepeda construyó en su taller la imagen más perfecta que se
haya visto del Cristo crucificado.
–         
La
Junta de Gobierno de la Cofradía exigió la entrega del molde con que Cepeda
llevó a cabo su obra maestra, pero el escultor no estaba dispuesto a cumplir
con las cláusulas de aquel contrato firmado con la Hermandad.
–         
El
alguacil rompió el molde de escayola en el puente de Triana, frente al
mismísimo Marcos de Cepeda – agregó Leonor, quien conocía el final de esa
historia porque su padre, escribano de la Junta de Gobierno, había labrado el
acta de lo acontecido esa tarde, presenciándolo todo -.  Pero… no comprendo qué tiene que ver Cepeda
con tía Mercedes.
–         
Marcos
de Cepeda no siempre fue escultor.  Luchó
en Italia como capitán de los Tercios y luego viajó a las Indias Orientales,
donde se hizo llamar Marcos Cabrera, debido a su parentesco con este linaje, de
rancio abolengo en la ciudad de Córdoba, de donde era natural.  No supe que Cabrera y Cepeda eran la misma
persona hasta que labré el acta en el puente de Triana, cuando destruimos el molde
del Cristo de la Expiración y arrojamos los trozos al río.
–         
Oh,
padre… – exclamó la solloza joven -. 
Siento haberle traído al presente tan espantosos recuerdos.  Debe de haber sufrido la impotencia de tener
frente a sí al responsable de la muerte de su hermana.  Espero que lo reconforte saber que ese
criminal ha pagado sus culpas.  ¡Y yo que
sentí una pena infinita cuando supe lo que fue del imaginero aquel!
–         
Ya
no quedan cartas de Mercedes, querida. 
El día que volví del puente las eché al brasero.  De cualquier manera, te he contado todo lo
que sé a través de ellas.  Lo demás, es
harina de otro costal; vivir en las Indias no fue lo idílico que ella imaginó
al dejar España.
Leonor besó a su padre en la frente
y salió del despacho después de desearle las buenas noches.  Ahora tenía muchas otras preguntas por hacer
a Guardi.  Él había conocido a Mercedes y
Leonor estaba segura que no ignoraba lo sucedido en las Indias con Marcos de
Cepeda, o como fuera que se apellidara el rufián.
Dormir, esa noche, fue imposible.
Capítulo 4 – La otra cara de la moneda
Mercedes se asoma por encima de la cabeza de Pelayo y repasa su tarea.
–         
Tienes una letra desastrosa,
muchacho – señala, rascando la cabecita morena del pequeño.
Le está enseñando a leer y escribir, igual que el capitán se ocupa de
enseñarle su oficio, porque, como dice Cabrera, las armas destruyen y no lo
quiere vestido de soldado en el futuro. 
Mejor será abrirle caminos con su arte, como él ha debido de hacer antes
de entrar en el ejército y terminar rodeado de desalmados.  Porque ya nadie conserva su alma luego de
matar a tanta gente.  En la batalla es
distinto, un militar se defiende del enemigo, pero en América se mata por
matar, por diversión, por sentir supremacía para con la raza que fingen
evangelizar, esclavizando, torturando, diezmando.
Por eso mismo admira Mercedes a Marcos Cabrera; y de la admiración al
amor ha tardado bien poco.  Él es
distinto a todos los otros españoles que viven en el Nuevo Mundo, él no ha
perdido su alma.  Puso bajo su ala a un
mestizo huérfano de poco más de diez años y le brinda el afecto que ni siquiera
su padre ha sabido dispensarle.
Mientras una de las nativas que trabaja en su casa prepara la cena,
Mecha espera a que Cabrera venga por Pelayo. 
Esa tarde está decidida a facilitarle las cosas al capitán, a
demostrarle que, si vence su timidez, podrá desposarla; que lo ha elegido entre
caballeros por su nobleza y su gran corazón.
Un militar de bajo rango llama a la puerta y da a mercedes un mensaje
del capitán Cabrera.
–         
Don Marcos os ruega que el muchacho
duerma esta noche en su morada.  Que se
ha presentado un problema en el cuartel general y es menester que el capitán en
persona se ocupe del mismo.
–         
Dígale a Don Marcos que se hará como
él pide.
Antes de cerrar la puerta, el gesto lascivo en el subalterno le provoca
a Mercedes un escalofrío que la recorre de pie a cabeza.  Cierra su mano alrededor de la cruz que lleva
colgada al pecho en una delicada cadena y hace presión.  Nunca le gustó ese don suyo de ver el
interior de las almas, pues muchas veces la decepciona saber que la maldad se
alberga en aquellos que son tan hijos de Dios como ella.
Cabrera no puede apartar sus ojos de
esa imagen; el Cristo de la Expiración es la representación más real que se
haya visto en la tierra, de una morbidez casi humana.  El capitán sabe de qué está hecha, porque fue
él mismo quien preparó la pasta con que rellenó el molde de escayola.  La boca a medio abrir, los párpados caídos,
el sufrimiento plasmado en su rostro, como el que vio aquella noche en los
aposentos privados de Mercedes.
Ni siquiera el dolor le había
quitado la hermosura.  Al igual que el
Cristo, ella lo miró con ojos suplicantes, rogándole que la dejara partir, que
aquel martirio acabara de una vez. 
Mientras hizo el molde de yeso revivió esa escena cientos de veces.  Mercedes sollozando; “Pelayo, nuestro querido Pelayo…”
Uno de los cofrades, encargado de
cuidar las imágenes de la Hermandad pasó por delante de Cabrera.  Igual que el resto de los mortales, su cara
de espanto al verlo de rodillas frente al Cristo delató que había sido
reconocido.  Sin mediar palabra, don
Marcos salió del templo como un fugitivo.
La amargura lo abandonó en cuanto
recordó que Leonor lo esperaría en el río. 
Ver en la muchacha el rostro amado de Mercedes le producía sensaciones
contradictorias.  Por un lado, su
presencia lo sosegaba; por el otro, despertaba en él un odio feroz que no
hallaba consuelo en la venganza.
No fue la chica quien lo esperó a
orillas del Guadalquivir; Cabrera ya estaba sentado en la tosca para cuando
Leonor se le acercó con su criada a la zaga, quien permaneció alejada unos
metros, tal como se le había ordenado.
Se quedaron en silencio por unos
minutos, ambos mirando el río.  Había
tantas cosas por decir que la muchacha tomó la iniciativa, sin preámbulos.
–         

toda la verdad, señor Giardi.  Sé cómo
murió tía Mercedes… Mi padre me lo ha contado anoche. – Más silencio -.  ¿Conoció su merced al capitán Marcos Cabrera?
El hombre se tomó su tiempo para
responder.
–         
Lo
conocí.  Él amada a Mercedes.
–         
¡Eso
no es cierto! – exclamó Leonor indignada -. 
Cabrera mató a mi tía, y usted debe saberlo mejor que yo.
–         
¿Creéis
en mí, doña Leonor Valdés? – quiso saber él.
Cabrera dejó que la joven lo mirara
a los ojos, igual que hacía Mercedes para ver el interior de las personas.
–         
Creo
en usted, señor Guardi – respondió ella con determinación -.  Cuénteme lo que pasó en las Indias.
–         
El
capitán Marcos de Cabrera mandó un recado a la señorita Valdés una noche en que
el cuartel estaba alborotado por la sublevación de un grupo de nativos.  Él debía ir por su protegido a casa de doña
Mercedes, pero sabía que si lo hacía, sus compatriotas matarían a sangre fría a
los desprotegidos indios.  El subalterno
a quien mandó dar aviso, no volvió esa noche por lo que el capitán, impaciente
por recibir una respuesta, se desentendió de todo y marchó sin dilación a casa
de su tía.  Sus temores no eran
infundados, lo comprobó ni bien cruzó el umbral de la puerta de calle.  El niño yacía sobre la alfombra de la sala de
recibo, lo habían acuchillado, y su tía… Ya conoce esa parte de la historia.
–         
¿Fue
el capitán en persona quien le dio su versión? Mi padre dijo que ese hombre
desapareció después de aquella tragedia o, por lo menos, eso es lo que le han
dicho a él.
–         
Estoy
diciéndole la verdad, señorita Valdés. 
La única verdad que yo conozco, lo demás han sido presunciones
equívocas.  Culparon a Cabrera por la
cadena.
–         
¿A
qué cadena se refiere?
–         
Mercedes
siempre llevaba una cadena de oro colgada a su cuello.  El hombre que la atacó esa noche se la
llevó.  Esa fue la razón por la que el
capitán dio con el responsable, el soldado que él mismo había mandado para
llevar el recado la llevaba en la faltriquera. 
Lo encontró en su propio rancho y lo ajusticio allí mismo.
–         
Pero…
¿por qué culparon al capitán Cabrera por aquellos crímenes?
–         
Los
criados de la señorita Valdés dormían a la hora en que todo sucedió.  Nadie vio entrar al soldado, pero si a
Cabrera.  Un camarada suyo, militar de
alto rango, le aconsejó que abordara la nave que partía hacia España esa misma
mañana.  El hombre lo había sorprendido
llorando en sus aposentos, con la cadena de la – entonces difunta mujer – en la
mano.
–         
Sigo
sin comprender cómo es que su merced sabe todo eso y dejó que culparan a un
inocente.
–         
Nadie
me hubiera creído.  El coronel que lo
dejó ir tampoco le creyó a Cabrera, hizo la vista gorda porque el crimen de su
tía fue uno más de tantos otros; y, en las Indias, nadie estaba limpio.  Si dejaba que juzgaran a su camarada corría
el riesgo de que éste hiciera público unos cuantos trapos sucios.
–         
Tía
Mercedes amaba a ese hombre – dijo Leonor, con voz queda. Cabrera la miró a
través de un velo de lágrimas -.  Debe
ser duro para usted oír una cosa semejante, sé que la amaba, pero es la verdad.  Se lo contó a mi padre en una de sus cartas.
–         
No
lo sabía – confesó él, con la vista clavada en el río.  Podía sentir las agujas clavarse en su
garganta.
Permanecieron en silencio un largo
rato y fue Leonor, como siempre, la primea en reponerse.
–         
¿Sabe
de dónde viene el nombre Guadalquivir?
Cabrera sonrió.  La frescura de esa muchacha lo
fascinaba.  Oriundo de Córdoba, él no
desconocía ese dato, ya que fueron los califas de allí los que le dieron nombre
a ese río, en el siglo VIII.
–         
No
– mintió.
–         
Deriva
del árabe. Wadi al-Kabir, que
significa Gran Río.
–         
Su
educación es encomiable, señorita Valdés.
–         
Se
lo debo a mi padre.  Fue él quien pagó a
los mejores maestros para que me enseñaran todo lo que sé.  ¿Sabe? 
– continuó luego de un momento -, mi padre labró el acta cuando
destruyeron el molde con que Marcos de Cepeda hizo el Cristo para la Cofradía.
El gesto de Cabrera mudó sin darle
tiempo a disimular su incomodidad.  La
chica era muy inteligente, lo estaba probando.
–         
No
comprendo – atinó a decir él.  Ella lo
miró con los párpados entornados.
–         
No
juegue conmigo, señor Guardi.  Si conoció
al capitán Cabrera, sabe que Marcos de Cepeda y él son la misma persona.
–         
Es
usted una mujer muy sagaz – admitió Cabrera.
–         
Ahora
que su merced me ha dado su versión de los hechos, siento mucha pena por ese
hombre. Lo culparon por un horrendo crimen siendo inocente. – Leonor suspiró -.
Y haber terminado así…
–         
¿Terminado?
– preguntó él, con sincera curiosidad.
No le agradaba la idea de que le
tuvieran lástima, pero llevaba tiempo preguntándose qué había hecho para ser
blanco de desprecio entre los vecinos de Sevilla.  Todo el que se cruzaba con él lo miraba con
horror. ¿Acaso estaba malinterpretando el gesto que se le dispensaba a su
persona?  ¿Era odio, miedo o pena lo que
la gente sentía por él?
Capítulo 5 – La atroz realidad
–         
Ya
sabe… – la oyó decir -.  Don Marcos de
Cepeda se echó al río esa misma tarde.
El entorno de Cabrera comenzó a
girar a su alrededor; los recuerdos parecían escapársele como el agua entre los
dedos cada vez que pretendía apresarlos para comprender de qué hablaba
Leonor.  Pensó en Pelayo, su querido
Pelayo, y en el dolor de haberlo visto cubierto de sangre. 
Mercedes balbuceaba su nombre. 
Entre palabras sueltas, Cabrera entendió que el niño había querido
protegerla y por esa razón había sido acuchillado.
–         
Se llevó la cruz… Me ha robado la
cruz…
Los ojos verdes de la mujer reflejaban el horror que acababa de
vivir.  El dolor y la belleza se
mezclaban en su rostro lívido.
–         
La recuperaré por vos y la pondré en
tu cuello después de hacer justicia – quiso consolarla.
–         
Padre… ¿por qué me has abandonado? –
fue lo que ella dijo antes de cerrar los ojos. 
La tela rasgada del camisón iba absorbiendo la sangre que su cuerpo
dejaba ir por el descanso de su alma. 
Haber citado las últimas palabras de Cristo hizo que Cabrera supiera que
la perdería para siempre.
Por eso colocó la cadena con la cruz
en aquel molde de yeso.  El Cristo de la
Expiración reflejaba el padecimiento de Mercedes, el de Pelayo, el de él mismo
al perder a los seres que más había amado.
Cabrera se miró la capa rojo
militar, la misma que llevaba aquel día en el puente de Triana.  El último recuerdo se negaba a
entregarse.  ¿Qué había pasado esa tarde?
El alguacil hizo añicos el molde de escayola, asegurándose de que no
hubiera otra imagen de Cristo como el de la Cofradía.  El escribano tomaba nota mientras los pedazos
de yeso iban a parar al fondo del río.
Cabrera observa la escena con el corazón apretado en el puño que
mantiene cerrado.  Las lágrimas se
enfrían en sus erosionadas mejillas cuando la brisa de la tarde se vuelve
fría.  Tiene que recuperar la cadena de
Mercedes.
Los trozos del molde han caído al agua. 
El alguacil se sacude el polvo de escayola de la ropa oscura. El
escribano cierra el libro después de cerrar el tintero de asta y guardar la
pluma.  Todos van desapareciendo del
puente, mientras Cabrera observa el burbujeo en la superficie del río.  Tiene que recuperar la cadena.
–         
Está
haciendo mucho frío – dijo Leonor, frotándose ambos brazos al mismo tiempo para
darse calor -.  Señor Guardi…
–         
Sabe
quién soy – soltó el hombre -.  Usted
sabe que Antonio Guardi no es mi verdadero nombre.
El silencio que le siguió a esa
afirmación dio por supuesto que Leonor sabía la verdad que ni siquiera él había
sido capaz de descubrir.  ¡Si hasta en
eso se parecía a Mercedes aquella muchacha! Poseía el don de ver las almas que
para otros eran invisibles.
–         
¿Por
qué sigue aquí? – la oyó preguntar.
–         
Espero.
–         
Sólo
son trozos de yeso.
–         
Y
una cadena – confesó él.
Leonor no pudo contener las lágrimas
que resbalaron hasta su frío mentón.
–         
Por
eso se arrojó al río…
–         
No
podré estar a su lado hasta recuperar la cadena.  Le di mi palabra que la pondría en su cuello.
–         
Tía
Mercedes está en el Paraíso ahora, y los suicidas van al infierno.
–         
No
fue mi intención quitarme la vida… Yo… sólo quise recuperar la cadena.
Capítulo 6 – El ángel
Los ruegos de Remedios fueron en
vano.  Leonor Valdés se quitó el vestido
de terciopelo azul y los chapines de raso.
–         
Enfermará
de pulmonía – sollozó la mujer -.  Su
señora madre va a despellejarme viva… ¡Y su padre!  No entre, señorita, no se meta al río.  Hace mucho frío…
La muchacha se adentró en el agua y
se acercó a nado hasta el puente de Triana, a unos cien metros de la tosca
donde había estado sentada toda la tarde. 
Cuando llegó al lugar indicado por Cabrera, se sumergió por completo.
Remedios se abrazaba el torso con
ambos brazos, el viento de mediados de diciembre estaba helado.  La rolliza mujer miró hacia la piedra vacía.
Dieciocho años atrás, ni bien tomó
en sus brazos por primera vez a la niña Leonor, la criada supo que esa criatura
era especial.  Al igual que su tía
Mercedes, a quien Remedios también vio crecer, la niña estaba envuelta por un
halo que sólo algunos pocos podían percibir. 
Ahora podía confirmar sus sospechas, Leonor no sólo poseía el don de ver
a través del cuerpo de los demás y comunicarse con sus almas.
Por eso mismo, el miedo que sintió
al ver aquel espectro de capa roja por primera vez junto a la joven se
desvaneció enseguida.  Leonor iba a
terminar por averiguar qué era lo que necesitaba el desdichado para cruzar el
umbral del purgatorio donde permanecía atrapado, asustando a todo Sevilla.
Los sedimentos en el curso bajo del
Guadalquivir oscurecen el agua.  La tarea
que se ha propuesto cumplir es harto difícil en esas condiciones, jamás encontrará
los trozos de yeso.  Podrían haberse
deshecho después de tantos meses, quizá hundido en el lodoso lecho.  Pero Leonor no se rinde, encontrará la cadena
de su tía Mercedes y la pondrá en la tosca donde el alma en pena espera sin
consuelo.
Como si se tratara de un espejo, su
viva imagen se acerca y la joven puede verla con claridad, a pesar de la
turbiedad del agua; pone en la palma de su mano una cadena de oro de la que
cuelga una cruz y ella la aprieta en su puño.
Tía Mercedes ha venido a ayudarla a
salvar a don Marcos de Cepeda, o Cabrera, y Leonor sabe que el alma de ese
hombre no irá al infierno, porque Dios no enviaría a un ángel sino para
acompañarlo hasta la puerta misma del Paraíso.

 

Fuente:

antoniocamel©2012

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